Monthly Archives: January 2016

Los callos de mis manos

Hace ya varios meses estoy yendo al gimnasio. Por razones de salud no puedo hacer ejercicios cardiovasculares (cardio) que requieran que mi corazón se acelere mucho. Así que mi entrenador sugirió que hiciera levantamiento de pesas en su lugar. Ya van varios meses levantando pesas. Siendo que no utilizo guantes, he notado cómo mis manos se comienzan a llenar de callos.

De pequeño, mi papá me llevaba a la finca para ayudarle. Tenía mis herramientas propias para trabajar: mi canastita de mimbre para el café y mi pequeño machete para enfrentarme a las yerbas que crecían impávidas por todos lados. Para quien no ha crecido en la finca, en el campo, esta vida es romantizada.

Todo escrito que he leído donde el ambiente es el campo, nos hacen pensar que esto es el idilio. Levantarse temprano, trabajar la tierra, producir nuestro propio alimento con el sudor de nuestra propia frente. Todo muy bonito y romantizado, como he escrito, pero nada de verdad.

La verdad es que esto es trabajo duro. Es fuerte. Es trabajo que, para el niño que era, no se sentía ni romántico ni satisfactorio. Aunque no creo que mi papá nunca se haya arrepentido de haber trabajado la tierra, la verdad es que él mismo nos repetía una y otra vez, la necesidad de estudiar para poder salir del campo. Tener una carrera y bc20ee0e87b18cbfe71303719e126ee4un trabajo estable. La vida en el campo y el trabajo de la finca son duros.

El tomar el pequeño machete me creaba callos en mis manos. Recuerdo que detestaba verme las manos al final del día y sentir la protuberancia que se convertiría en una ampolla de agua y que luego dejaría a su vez una marca callosa. Recuerdo el no querer ni siquiera mirar mis manos para no darme cuenta de esta horrorosa realidad que me marcaba como niño pobre, como niño del campo, como niño jíbaro…
Me ha parecido interesante que ahora, cuando ya estoy adulto y tengo más o menos la misma edad que tenía mi papá cuando me llevaba con él a la finca, mi comprensión de los callos en mis manos es diferente. Ahora, aunque no tengo callos por las mismas razones, veo mis manos y recuerdo a mi papá. Recuerdo el machetito que yo usaba para cortar las yerbas del patio y de la finca. Recuerdo los granos del café, color del rubí, cuando recolectábamos los granos en las cestas de mimbre. Recuerdo el levantarme temprano – quejándome, no queriendo ir – para llenarnos del sereno de la madrugada mientras subíamos y bajábamos cerros para encontrar los arbustos más llenos de los granos de café. Recuerdo las manos de mi papá, acariciándonos con cariño por el trabajo completado, por haberle acompañado, por hacerle sentir orgulloso. Recuerdo sus manos callosas sobre las mías, recordándome la importancia de los estudios para que no tuviese que vivir toda la vida en la finca.

Ahora, los callos de mis manos, aunque no vienen de las mismas tareas, me recuerdan a mi procedencia campesina. Soy parte de esa jaibería boricua que salió de las montañas, también llenas de callos y de cicatrices en sus tierras…

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The Academy and Creativity

It took me a very long time, but I finally recently got admitted to a doctoral program. I am currently completing a Doctor of Education (Ed.D.) degree in educational leadership through an innovative distance learning program on a respected university. Contrary to what many people believe, online degrees are not less rigorous or less demanding than traditional programs. Certainly, there are several “diploma mills” out there – and both the FBI and the Department of Justice have taken matters into their hands.

Since way before I entered a doctoral program, I was excited with the possibility of becoming part of the academic elite. I do not mean this in a derogatory way. Far from it! I have admired academics and researchers my whole life. I looked up to them. I followed some of them and their works. I wanted to be part of this group that gives so much to

"This doesn't leave much room for creativity."

“This doesn’t leave much room for creativity.”

society. Thus, when I was admitted to the doctoral program, I was elated. I was finally entering a world in which I could be creative, original, and novel… My interaction with other students would allow me to discover new things and to expand my understanding of the world. Having mentors and teachers with vast experience in the field would mean that I would have the opportunity to ask questions, to get answers, to get recommendations on where to find answers, to get encouragement on topics to research and so much more.

What I can say, however, is that it’s been both encouraging and frustrating (but I guess that this is exactly how life in general goes!)

I am not saying that I am not happy with the program and the mentors. Nothing farther from the truth! I have enjoyed every part of the program. My mentors are amazingly great scholars and they have shown tremendous respect for their respective fields of study, for the training of the students, and for the institution they represent. I must also confess that I am in absolute awe with one particular mentor. Throughout my life, I have had my fair share of great teachers, and this particular mentor has quickly become one of them.

My frustration, however, is not with the institution, with the program, or with the field of study. My frustration is with the academic system that, in order to standardize the production of knowledge, has, at the same time, curtailed creativity on the part of the scholars.

I am not suggesting that we ought to get rid of rules altogether, or that we should never follow certain standards. However, I have noticed how the rules and regulations are so ridiculously complicated and detailed that they do not allow for the expressing of individuality on the part of the scholar who is writing.

I became aware of this through my doctoral studies. Throughout my academic life I have used different styles manuals (mostly the University of Chicago manual, but also MLA Formatting and Style Guide and the APA Style Publication Manual.) Since one of my graduate degrees is in theology, even more creativity was allowed. This doesn’t mean that theological research is less rigorous. It means that, because of the nature of the field, creativity is welcomed and celebrated. Moreover, some flexibility was always allowed so as to present works that spoke to who we are as individuals in relation to the work we are doing.

Now, however, as I move to a more standardized form of scholarly writing, I find myself baffled at the many regulations that come with it.

Two spaces after a final period? Why the heck?! Do the people who put together these manuals are over 100 years old and still using typewriters?

A whole, almost blank page *just* for my name and institution? Apparently they don’t care about wasting money or resources when printing!

Having to repeat the title on EVERY. SINGLE. PAGE? Why??? Just… WHY???

OK, I get the numbering pages (always have done that.) And I also get having a standard way of quoting, citing, and writing the references. But, honestly, there are other rules that make no sense… and that, for people who enjoy writing and reading like me, make it difficult to be creative with the way in which we present our work.

Now I understand why most scholars dress the same, talk the same, have the same mannerisms, and pretty much look all the same: they have been following standardized ways of scholarly work for decades! To me, that is sad.

To be honest, I will definitely follow every single one of the ridiculous rules and regulations the program asks me to follow. After all, I *do* want to succeed in this program and part of the way of doing this is by conforming to the system that has allowed you to pursue research and scholarly work. But I also make myself a promise: never, ever, ever, EVER, to curtail the writing creativity – within reason – of my future students and mentorees.

 

[RANT OVER. LOL]

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Recuerdos del Día de Reyes Magos

Me parece que en la adultez, todas las historias que contamos comienzan con las mismas palabras: “recuerdo cuando era pequeño…” Quizás es porque las memorias son lo único 2f115ab7a7a379b4164f57fdef3aabc0--reyes-pr

que nos quedan de días pasados; días que, si no mejores – porque ningún tiempo pasado fue mejor, sino que es mejor solo el recuerdo – por lo menos fueron suficientemente gratos para guardar en algún rincón de nuestras mentes.

 

Esta historia también comienza como las demás. Recuerdo cuando era pequeño la gran emoción que el Día de los Reyes Magos traía consigo.

Recuerdo la noche anterior, cuando en aquella casita con los bloques de cemento expuestos, la que nunca se terminó de construir y quedaba en medio de los cafetales del barrio Guayabo Dulce de Adjuntas, mi hermana y yo salíamos a recoger la yerba pa’ los camellos. Recuerdo cuando pasábamos bastante tiempo buscando esa yerba, porque tenía que ser la mejor. Después de todo, los Reyes y sus camellos venían del Lejano Oriente. Me enteré, en alguna conversación con mi mamá, que “Lejano Oriente” era Arabia. Recuerdo también que no tenía idea de qué significaban esas cosas, pero el mismo nombre del lugar del cual venían los Reyes decía que era lejano, así que entendía que tanto camellos como reyes habrían de estar hambrientos cuando llegaran a tan remoto lugar de la Isla. Lo que no recuerdo es el por qué solo poníamos yerba pa’ los camellos pero nunca le dejamos nada a los reyes. “Son magos” imagino que diría mi mamá. Con magia no se necesita comer, me imagino.

Recuerdo que llegando noviembre ya buscábamos la mejor caja de zapatos para poner la yerba de los camellos. Recuerdo que siempre tenía que ser una caja de zapatos aunque no recuerdo el por qué. Como sabemos, los recuerdos son selectivos. Recordamos aquello que nos interesa recordar. Aun así, recordamos aquello que nos interesa de la manera que nos interesa.

Recuerdo que la noche anterior al Día de Reyes, dejábamos las cajitas de zapatos debajo de la cama que alguna vez fue cuna, pero ya no tenía las barras de los lados que me mantuvieron seguro cuando todavía la cama funcionaba como cuna. Teníamos la ilusión de que los Reyes trajeran algo; que dejaran sus preciados regalos debajo de la cama y que nos sorprendieran con aquello que habíamos pedido. Recuerdo que mis listas siempre incluían lo siguiente: libros, pintura, una enciclopedia, un microscopio, una colección de rocas, algún cuadro de un pintor puertorriqueño famoso (en aquellos tiempos todavía no era feminista y solo pedía cosas hechas por hombres. Fue hasta mucho después que descubrí que las mujeres también pintaban, también escribían, también volaban a la luna…)

Recuerdo también que el Día de Reyes me despertaba emocionado y al mirar debajo de la cama, siempre había algo. Recuerdo que nunca lo que hubo debajo de la cama era lo que pedía; nunca encontré un libro, un cuadro o un microscopio. Recuerdo que la ilusión no se detenía y a pesar de que lo que llegaba no era lo que pedía, me sentía especial porque los Reyes Magos no se olvidaron de mí y de mi hermana. ¡Siempre llegaba algo! Recuerdo que la mayoría de las veces, lo que nos llegaban eran simples regalos que habíamos visto en alguna vitrina de las tiendas de Yauco cuando visitábamos a madrina Carmita y a titi Betsy. ¿Cómo sabían los reyes comparar en esas tiendas? ¿Cómo nadie nunca los veía recorrer el Paseo del Café en el centro del pueblo? Nunca se me ocurrió preguntar; o quizás pregunté pero no recuerdo.

Recuerdo también que el Día de Reyes, luego de abrir nuestros regalos y de compartir la emoción, nos montábamos en cualquiera que fuera el carro que mi papá tenía esa semana y nos dirigíamos al barrio Guayo, a casa de mi abuelo Quino y mi abuela Margot. Allí, junto a mis primas y primos, esperábamos por la cabalgata de Reyes Magos que siempre pasaba por la casa. Era parte de su ruta hacia el parque en Castañer, donde el Hospital General recibiría a todo el niñerío de Castañer para repartir regalos y dulces y para que disfrutáramos de este día mágico. Recuerdo que cuando los Reyes cabalgaban frente a casa de abuela y abuelo, nos tiraban dulces desde sus caballos. ¡Qué emoción sentíamos! ¡Qué maravilla el ver los Reyes, los Tres Santos Reyes Melchor, Gaspar y Baltazar, pasar justo frente a casa de abuelo y abuela! La cabalgata seguía por la carretera paralela al río Guayo, la misma carretera que pasaba por el Hospital Viejo y que llegaba al puente Cifontes y cruzaba de Adjuntas a tierras de Lares. Recuerdo cómo en ocasiones seguíamos la cabalgata hasta el parque de béisbol en Castañer. En ese tiempo no había plaza pública en el poblado, solo unos inmensos árboles de maga entre la escuela elemental y las tiendas del otro lado.

Recuerdo cómo nos arremolinábamos para recoger nuestros regalos de Reyes Magos del camión que el Hospital rentaba para traerlos. No había una niña o un niño en Castañer que se quedara sin regalo. En un poblado tan pequeño, todo el mundo se conoce y Mingo Monroig, el administrador del hospital, conocía cada familia, cada niña, cada niño y adolescente de Castañer. Recuerdo que después que los regalos se repartían, empezaba la música y el jolgorio, porque las Navidades no han terminado todavía el 6 de enero. ¡Qué va! Las Navidades están en todo su esplendor todavía y después del Día de Reyes vienen las Octavitas y continúan las parrandas. Recuerdo cómo seguíamos jugando con nuestros juguetes por varios días. Recuerdo que la escuela no comenzaba sino hasta mediados de enero porque había que darle espacio al estudiantado a jugar con sus regalos de Reyes Magos.

Ahora, también recuerdo cuando todo comenzó a cambiar… Pero esos son recuerdos que prefiero no tener hoy. Hoy, seguiré recordando el Día de Reyes Magos con la ilusión del niño que fui y que todavía se emociona cada vez que viene el 6 de enero. Seguiré recordando los regalos y la yerba y los primos y la familia y la cabalgata y el parque lleno de bache donde celebrábamos. Seguiré recordando a Guayabo Dulce y a Guayo y a Castañer. Seguiré recordando los cafetales y el rio Guayo y el puente Cifontes y la casita sin terminar y la cuna convertida en cama. Seguiré recordando que el Día de Reyes es mi día favorito del año y el que más me gusta de las Navidades. Seguiré recordando que, aunque esté lejos y ya no tengo ni tiempo de celebrar este día, el Día de Reyes Magos me hace el boricua que soy.

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