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Seeing God in Abuela

When my father and my mother forsake me, then the Lord will take me up.
Psalm 27.10, KJV

My abuela Palmira left this world on March 30th, 2014. She was the last one of my grandparents to leave us. I had been blessed with three sets of grandparents as my father had two sets of parents, his birth parents, abuelo Quino and abuela Margot, and the couple of welcomed him into their family when he was quite young and working away from his hometown, abuelo Jobito and abuela Ester. My maternal grandfather, abuelo Juanito, left us when I was 8 years old but I still remember him very well. Every Sunday afternoon, when the family gathered at their home, he would sit on his rocking chair and tell us funny stories that would make us laugh for hours. Abuela Palmira would stand next to him and laugh with all of us.

Abuela Palmira   There was something peculiar about my maternal grandparents. They practiced Spiritism, a religion in which every human being is of sacred worth and where spirits guide us to be in communion with the Great Spirit that is sometimes called God. At their home, everyone was welcomed and celebrated. They never rejected anyone. My grandparents believed in serving everyone and in welcoming everyone without distinction. Although I was too young when my grandfather died and thus not even aware of my own sexual orientation, I know that my grandfather would have accepted me and celebrated me. My grandmother, however, had the chance to know who I am as a whole person and she always, without doubt and without excuses, celebrated me for who I am.

When I think about abuela Palmira, the verse that always comes to mind is that of Psalm 27.10: “When my father and my mother forsake me, then the Lord will take me up.” When my parents rejected me for being queer, it was abuela who welcomed me. She always supported me and celebrated my life. When I introduced her to my now husband, I was told that she spent months telling everyone who would listen about the wonderful man I had met. Recently, while talking with an aunt, she told me how they found among abuela’s personal items the wedding invitation I had sent her for my marriage. I knew she would not be able to attend my wedding due to health problems, but she had kept that invitation as an important memento. Through these actions, I can say that abuela embodied the Holy One in my life. Thus, when my parents disowned me, God took me up through the love, support and affirmation of my abuela Palmira.

The Sunday before abuela departed this world, my husband and I spent time with her. We had been in Puerto Rico for vacation, and of course I had to go visit abuela. She made us laugh with her witty remarks. This was abuela. She was always making jokes and laughing about things, even when her health wasn’t the best, she always found joy in living. I am not naïve to say that she was perfect, because none of us are. She had her flaws and made mistakes like the rest of us. But her love and support meant the world to me, and it is those values that will stay with me throughout my life. Her love, her support, her laughter that last time I saw her will always be the manifestation of God in my life. I will keep her memory alive as long as I live and I will always share with the world the values that she shared with me.

Abuela Palmira, you are now gone from us, as you would have said, you are now “unfleshed”, but your spirit will continue to guide me just as the spirit of abuelo Juanito has never left me. Gracias por todo, abuelita.

 

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Lo que la decisión de la Corte Suprema significa para mi familia

Hoy ha sido un día histórico. La Corte Suprema de los Estados Unidos ha determinado que el gobierno federal no tiene razón constitucional para negar los derechos a las parejas del mismo sexo que hayan entrado en contratos matrimoniales donde esos contratos sean aceptados. O sea, que si vives en un estado de la Unión donde el matrimonio igualitario es una realidad, entonces el gobierno federal tiene que reconocer tu matrimonio.

A veces pensamos en asuntos de derechos y los vemos como cosas que pasan “por allá”, “a otra gente”, pero pocas veces le vemos las caras a quienes se afectan por estos hechos. Pues hoy quiero que sepan que estos asuntos tiene nombres, apellidos, familias y que queremos futuros seguros. Mi esposo y yo somos parte de esas miles de parejas que, a partir de hoy, tenemos accesos a derechos que antes no teníamos. Hace un mes somos esposos. Hace poco más de un mes, mi empleador, la Iglesia Bautista Universitaria de Seattle (University Baptist Church) le ofrece seguro médico a mi esposo. Hace ya casi dos años que vivimos juntos, compartiendo todo en el hogar. Sí, el nuestro es un HOGAR. Somos una FAMILIA.

Pero no es hasta hoy que el gobierno federal ha reconocido nuestra relación.

Esta es nuestra situación: hasta hoy, teníamos miedo. ¿Por qué? Pues porque mi esposo está en este país sin los documentos necesarios para residir legalmente en los Estados Unidos. A pesar de que trabaja, paga impuestos, contribuye a la nación, tiene seguro médico, tiene familia en el país, etc., su estatus migratorio nos mantenía en vilo. Hasta hoy, no había nada que pudiéramos hacer. Vivíamos en miedo. Pero hoy ese miedo se ha convertido en alegría…

Hoy mi esposo y yo nos regocijamos de que podemos comenzar el proceso para normalizar su estatus migratorio. Hay por fin una luz – una luz intensa y esperanzadora – al final del túnel. Hoy, gracias a la decisión de la Corte Suprema, puedo patrocinar a mi esposo para que viva y trabaje legalmente en los Estados Unidos. Más que eso, ya no tenemos que tener miedos.

Estas decisiones cambian vidas. Esas vidas que esta decisión ha de cambiar son reales. No importa lo que fundamentalistas pseudoreligiosos digan, estamos hablando de personas, de familias, de seres humanos… Hoy, mi humanidad y la humanidad de mi esposo fueron afirmadas. Nuestros derechos fueron reconocidos. Derechos que hasta hoy solo eran el privilegio de parejas heterosexuales. Pero no. Hoy la Corte Suprema dijo que YO TAMBIEN SOY PERSONA y que mis derechos son tan importantes como los de cualquier otro ciudadano de este país. Mi familia es hoy feliz y no vive en miedo nada más.

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La conversación más difícil que he tenido

Bueno, comencemos por decir que en realidad, no ha sido la conversación más difícil de mi vida. Pero fue bastante difícil. Les cuento la historia…

He pasado muchos años haciendo activismo. En mis años de activismo, desde que estaba en la universidad hasta el día de hoy, me he reunido con presidentes de instituciones, miembros de la legislatura, miembros de la prensa, líderes religiosos tanto a niveles locales como internacionales y hace no mucho tuve la oportunidad de hasta sentarme a convencer al gobernador de mi estado de que tenía que hacer algo por las comunidades hispanas de Washington. A pesar de estas experiencias, no me sentía en lo mínimo preparado para la conversación que tuvo lugar hace unas semanas atrás.

En estos pasados meses, mi compañero y yo hemos estado planeando nuestra boda. Como esto es algo nuevo para su sobrina de seis años yo me ofrecí a explicarle a ésta todo el asunto de que su amado tío Nando (como su familia le llama) y yo nos uniríamos en matrimonio.

Pasé semanas revisando la conversación en mi mente. Traté de visualizar todos los posibles escenarios. Busqué en mi mente las mejores palabras para explicarle a Emely lo que significa el matrimonio y por qué su tío y yo tendríamos una boda. Bueno, que por semanas estuve planeando para una conversación que me parecía medio sencilla – por aquello de mis años en el activismo – y natural. Después de todo, es nuestra sobrina de seis años que mide menos de tres pies de altura y no el Gobernador Inslee que mide más de seis…  ¿Qué podría salir mal?

Pues cuando el momento llegó todo resultó más difícil de lo que pensé. Emely nos quiso enseñar el nuevo vestido verde menta que su mamá le compró. También sacó los zapatos plateados que se pondría con el vestido. Pero había un problema, Emely no sabía para qué ocasión especial era ese vestido nuevo. Sabiendo que esta era nuestra oportunidad, su mamá le dice que me pregunte a mí.

Con todas las bases cubiertas, le digo a Emely que el vestido es para una ocasión especial. Ella se interesa y pregunta qué ocasión tan especial es esa. Yo le pregunto, “Emely, cuando dos personas se quieren mucho, ¿qué hacen?” Su repuesta, después de pensarlo un poco, es, “¡Se casan!” “Así es. Pues tu tío y yo nos queremos mucho. Como nos queremos mucho, vamos a tener una boda.”

Hasta ahora, todo va como planeado. La nena me sigue la conversación. Hay un momento de explicar que existen diferentes tipos de familia. Ella reacciona como lo más normal del mundo, porque, después de todo, ella también tiene un hermanito, una mamá y un papá con quienes vive y un papá, una mamá y un segundo hermanito con quienes pasa los fines de semana. El concepto de “familia no tradicional” es… pues lo tradicional para ella. Así como lo es para millones de niños y niñas en los Estados Unidos. “Bien hecho, tío” pensé yo.

Pero de repente la conversación se tornó difícil. Comenzaron a salir las preguntas que no esperaba. Emergieron aquellas curiosidades infantiles para las que nunca me prepararon los años de activismo. Resurgieron todos los temores que pueden surgir cuando le tratas de explicar a una niña de seis años que su tío, un hombre, se va a casar con otro hombre. Y aquí fue que me encontré en la disyuntiva de si seguía la conversación o si me levantaba y salía corriendo de allí porque no tenía la más mínima idea de cómo contestarle a nuestra sobrina sobre sus preocupaciones más grandes e importantes sobre la boda de su tío conmigo.

Mi mente quedó en blanco. Mi corazón palpitó más rápido. Mis manos me sudaban y las palabras no me llegaban a la boca. ¿Cómo contestarle a Emely estas preguntas tan profundas e importantes que nunca pensé que fueran las prioridades de una niña de seis años?

Resulta que, en medio de nuestra conversación, a Emely no le pareció nada extraño que dos hombres se fueran a casar. Pero cuando le expliqué que su tío y yo tendríamos una boda y que sería en una iglesia, con una sacerdote mujer y que tendríamos una fiesta con pastel/bizcocho (mi compañero es mexicano, así que hay que explicar las cosas en español MexiRiqueño), Emely puso sobre la mesa sus preocupaciones más grandes… “¿Habrá ice-cream?”

Totalmente desconcertado. Así me dejó su pregunta. ¿Habrá helado/nieve en la boda? Le di la única respuesta que tenía. Con una voz trémula porque no sabía cómo contestar tan profunda pregunta, le dije, “No. No habrá helado en la boda.”

De toda la conversación, de todo lo que le podríamos explicar sobre que dos personas del mismo sexo se vayan a casar, de todo lo que había ensayado en mi mente, nada me preparó para contestar esta pregunta. Pero las cosas no se quedaron allí. Todavía quedaba una pregunta aún más importante… “Tío, ¿y va a haber una piñata?”

Me quedé tieso. Ninguno de los tres adultos en la sala supo qué decir. Lo único que se nos ocurrió fue decirle que, por tradición, no hay piñatas en las bodas. Que las piñatas son para los cumpleaños y para otras fiestas, pero no para bodas

Emely no estuvo satisfecha. “¿Por qué no va a haber piñata en la fiesta cuando tío Nando y tú se casen? ¡Es una fiesta! ¡Yo quiere ice-cream y una piñata en su boda!”

Mientras yo todavía turbado por una conversación tan difícil, la niña no se detuvo en su afán de entender el extraño mundo de la gente adulta, donde las fiestas se celebran sin helado/nieve y sin piñata. “¿Cuándo es la boda?”, preguntó ella. “Pues al fin de mes.” “¡Pero yo quiero que tengan la boda ya y que haya ice-cream y piñata!

¡Qué trabajo tan difícil! Explicarle a una niña lo que es el amor y lo que es la igualdad matrimonial resultó mucho más difícil de lo que preveía. Quizás por esto es que aquellas personas que se oponen a la igualdad matrimonial no quieren que tengamos derechos. Es muy difícil explicarle a un niño o a una niña que en la fiesta de bodas de sus dos tíos hombres o sus dos tías mujeres, no habrá piñata ni helado. Quizás lo que temen los fundamentalistas religiosos es que no tienen la capacidad intelectual para explicarle a la niñez que cuando los adultos hacen fiestas, el helado y las piñatas no son prioridad.

No sé, quizás las personas que se oponen a la igualdad matrimonial por razones religiosas no tienen las palabras para explicar el extraño mundo de los adultos a la niñez. Les entiendo. La niñez entiende el concepto de amor muy fácil. Pero es extremadamente difícil explicarle las fiestas de adultos a la niñez. Son fiestas donde no hay helado ni piñatas. ¿De qué vale una fiesta de este tipo? ¿Qué más da si las dos personas que se paran frente al ministro o la ministra son dos hombres, dos mujeres, o un hombre y una mujer, si cuando ese amor se celebre no va a haber helado ni piñata?

Ya mi compañero y yo hemos hablado. Vamos a tener helado en la boda. Todavía no estamos convencidos de que haya piñata. Pero, ¿quién sabe? La sacerdote mujer que nos va a casar ya parece estar convencida de que es necesario que haya piñata en la boda para que la niña sea aún más feliz. Yo espero que ella la traiga en una de sus maletas cuando venga…

Emely tiene dos tíos que la adoran, que la respetan, que le ayudan con sus asignaciones de la escuela y que toman el tiempo para jugar con ella y enseñarle muchas cosas. Eso ella lo sabe. Ya la veo dando vueltas en la iglesia, con su vestido verde menta, comiendo helado/nieve y dispuesta a romper la piñata que marcará el día que sus tíos se juraron amor para siempre.

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