Category Archives: Hispanos

La comunidad comes together in Wisconsin

In the past few months, the GOP delegation in the Wisconsin state Assembly, in the hopes to support Governor Walker’s agenda of destroying the state, have been trying to pass anti-family and immoral legislation. They have already succeeded in making easier for big developers to contaminate our waters. We all know that they were pretty successful in stripping workers from their rights, preventing heads of households from securing a future for their children and other IMG_4862dependents. More recently, they have been trying to put students’ lives in danger by proposing to allow criminals to openly carry handguns and other firearms around university campuses and even into classrooms. Now, they are also coming after whole families: immigrants, people of color, and other groups that do not conform to the wealthy, white, WASP majority. Two proposed bills are now before the Assembly, to criminalize brown people just for being brown. The legislators swear is to “protect” the communities, but this is just code talking to say that brown peoples are not to be trusted and we must be controlled just as the police has been encouraged to control black people by threatening their lives.

Yesterday, February 18th, the Latinx comunidad from around the state came together in an unprecedented way to say ¡BASTA! People from all over the state came to Madison as the Assembly debated two pieces of anti-family legislation, to let the government and the larger Wisconsin community that our lives matter, that we will not stand idle as they try to destroy our families, and that we not a comunidad and a voz to be dismissed.

Politicians, especially Republican politicians, think that they can play with our lives as they wish. They have stood up against every single moral issue that prevents our lives from being taken from us. In fact, it has been their lack of moral character what has killed so many of us – on the fields, at the hands of police, on the farms and factories, in jail and in immigration detention centers… Their hands are tainted with the blood of thousand Latinxs, yet they keep thirsting for more. It is not enough for them to see our children suffer, our parents mourn, our youth are anxious… They are not satisfied with seeing our IMG_4859suffering, they also want us to completely disappear, just as we bring them water, and tea, and their meals; just as we clean their homes and cultivate their fields or milk their cows; just as we tend to their wounds, and teach their children, and run their businesses… It is not enough. Never enough! Brown bodies are to be disposed of as if we are trash. To this, our comunidad says ¡BASTA!

As I stood at the Capitol square with thousands and thousands of my hermanas y hermanos Latinxs and allies, I could not do anything else but be hopeful. I know that the fight is going to be long and arduous, but we are not going to keep silent. La raza es fuerte. Moreover, we are not as divided as they want others to believe. Yesterday, there were flags from all over Latin America because we know that this “divide and conquer” strategy is not going to work. We are ONE, and as such we will fight. As Calle 13 sings: “cuando más te confías las hormigas / te engañan atacan en equipo como las pirañas / aunque sean pequeñas gracias a la unión / todas juntas se convierten en camión.” We will rise and call out our ancestors, our guiding spirits and the power of the women and men who taught us how to fight and win.

To be there, in the presence of such a beautiful cloud of witnesses was a real blessing for me. It filled me with hope, knowing that I am not just one Puerto Rican fighting alone; I am a part of the great América, and we will stand together to reclaim what is rightly ours. La comunidad came together yesterday in Wisconsin, and we will stand and fight because it is the right thing to do.

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Los callos de mis manos

Hace ya varios meses estoy yendo al gimnasio. Por razones de salud no puedo hacer ejercicios cardiovasculares (cardio) que requieran que mi corazón se acelere mucho. Así que mi entrenador sugirió que hiciera levantamiento de pesas en su lugar. Ya van varios meses levantando pesas. Siendo que no utilizo guantes, he notado cómo mis manos se comienzan a llenar de callos.

De pequeño, mi papá me llevaba a la finca para ayudarle. Tenía mis herramientas propias para trabajar: mi canastita de mimbre para el café y mi pequeño machete para enfrentarme a las yerbas que crecían impávidas por todos lados. Para quien no ha crecido en la finca, en el campo, esta vida es romantizada.

Todo escrito que he leído donde el ambiente es el campo, nos hacen pensar que esto es el idilio. Levantarse temprano, trabajar la tierra, producir nuestro propio alimento con el sudor de nuestra propia frente. Todo muy bonito y romantizado, como he escrito, pero nada de verdad.

La verdad es que esto es trabajo duro. Es fuerte. Es trabajo que, para el niño que era, no se sentía ni romántico ni satisfactorio. Aunque no creo que mi papá nunca se haya arrepentido de haber trabajado la tierra, la verdad es que él mismo nos repetía una y otra vez, la necesidad de estudiar para poder salir del campo. Tener una carrera y bc20ee0e87b18cbfe71303719e126ee4un trabajo estable. La vida en el campo y el trabajo de la finca son duros.

El tomar el pequeño machete me creaba callos en mis manos. Recuerdo que detestaba verme las manos al final del día y sentir la protuberancia que se convertiría en una ampolla de agua y que luego dejaría a su vez una marca callosa. Recuerdo el no querer ni siquiera mirar mis manos para no darme cuenta de esta horrorosa realidad que me marcaba como niño pobre, como niño del campo, como niño jíbaro…
Me ha parecido interesante que ahora, cuando ya estoy adulto y tengo más o menos la misma edad que tenía mi papá cuando me llevaba con él a la finca, mi comprensión de los callos en mis manos es diferente. Ahora, aunque no tengo callos por las mismas razones, veo mis manos y recuerdo a mi papá. Recuerdo el machetito que yo usaba para cortar las yerbas del patio y de la finca. Recuerdo los granos del café, color del rubí, cuando recolectábamos los granos en las cestas de mimbre. Recuerdo el levantarme temprano – quejándome, no queriendo ir – para llenarnos del sereno de la madrugada mientras subíamos y bajábamos cerros para encontrar los arbustos más llenos de los granos de café. Recuerdo las manos de mi papá, acariciándonos con cariño por el trabajo completado, por haberle acompañado, por hacerle sentir orgulloso. Recuerdo sus manos callosas sobre las mías, recordándome la importancia de los estudios para que no tuviese que vivir toda la vida en la finca.

Ahora, los callos de mis manos, aunque no vienen de las mismas tareas, me recuerdan a mi procedencia campesina. Soy parte de esa jaibería boricua que salió de las montañas, también llenas de callos y de cicatrices en sus tierras…

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Recuerdos del Día de Reyes Magos

Me parece que en la adultez, todas las historias que contamos comienzan con las mismas palabras: “recuerdo cuando era pequeño…” Quizás es porque las memorias son lo único 2f115ab7a7a379b4164f57fdef3aabc0--reyes-pr

que nos quedan de días pasados; días que, si no mejores – porque ningún tiempo pasado fue mejor, sino que es mejor solo el recuerdo – por lo menos fueron suficientemente gratos para guardar en algún rincón de nuestras mentes.

 

Esta historia también comienza como las demás. Recuerdo cuando era pequeño la gran emoción que el Día de los Reyes Magos traía consigo.

Recuerdo la noche anterior, cuando en aquella casita con los bloques de cemento expuestos, la que nunca se terminó de construir y quedaba en medio de los cafetales del barrio Guayabo Dulce de Adjuntas, mi hermana y yo salíamos a recoger la yerba pa’ los camellos. Recuerdo cuando pasábamos bastante tiempo buscando esa yerba, porque tenía que ser la mejor. Después de todo, los Reyes y sus camellos venían del Lejano Oriente. Me enteré, en alguna conversación con mi mamá, que “Lejano Oriente” era Arabia. Recuerdo también que no tenía idea de qué significaban esas cosas, pero el mismo nombre del lugar del cual venían los Reyes decía que era lejano, así que entendía que tanto camellos como reyes habrían de estar hambrientos cuando llegaran a tan remoto lugar de la Isla. Lo que no recuerdo es el por qué solo poníamos yerba pa’ los camellos pero nunca le dejamos nada a los reyes. “Son magos” imagino que diría mi mamá. Con magia no se necesita comer, me imagino.

Recuerdo que llegando noviembre ya buscábamos la mejor caja de zapatos para poner la yerba de los camellos. Recuerdo que siempre tenía que ser una caja de zapatos aunque no recuerdo el por qué. Como sabemos, los recuerdos son selectivos. Recordamos aquello que nos interesa recordar. Aun así, recordamos aquello que nos interesa de la manera que nos interesa.

Recuerdo que la noche anterior al Día de Reyes, dejábamos las cajitas de zapatos debajo de la cama que alguna vez fue cuna, pero ya no tenía las barras de los lados que me mantuvieron seguro cuando todavía la cama funcionaba como cuna. Teníamos la ilusión de que los Reyes trajeran algo; que dejaran sus preciados regalos debajo de la cama y que nos sorprendieran con aquello que habíamos pedido. Recuerdo que mis listas siempre incluían lo siguiente: libros, pintura, una enciclopedia, un microscopio, una colección de rocas, algún cuadro de un pintor puertorriqueño famoso (en aquellos tiempos todavía no era feminista y solo pedía cosas hechas por hombres. Fue hasta mucho después que descubrí que las mujeres también pintaban, también escribían, también volaban a la luna…)

Recuerdo también que el Día de Reyes me despertaba emocionado y al mirar debajo de la cama, siempre había algo. Recuerdo que nunca lo que hubo debajo de la cama era lo que pedía; nunca encontré un libro, un cuadro o un microscopio. Recuerdo que la ilusión no se detenía y a pesar de que lo que llegaba no era lo que pedía, me sentía especial porque los Reyes Magos no se olvidaron de mí y de mi hermana. ¡Siempre llegaba algo! Recuerdo que la mayoría de las veces, lo que nos llegaban eran simples regalos que habíamos visto en alguna vitrina de las tiendas de Yauco cuando visitábamos a madrina Carmita y a titi Betsy. ¿Cómo sabían los reyes comparar en esas tiendas? ¿Cómo nadie nunca los veía recorrer el Paseo del Café en el centro del pueblo? Nunca se me ocurrió preguntar; o quizás pregunté pero no recuerdo.

Recuerdo también que el Día de Reyes, luego de abrir nuestros regalos y de compartir la emoción, nos montábamos en cualquiera que fuera el carro que mi papá tenía esa semana y nos dirigíamos al barrio Guayo, a casa de mi abuelo Quino y mi abuela Margot. Allí, junto a mis primas y primos, esperábamos por la cabalgata de Reyes Magos que siempre pasaba por la casa. Era parte de su ruta hacia el parque en Castañer, donde el Hospital General recibiría a todo el niñerío de Castañer para repartir regalos y dulces y para que disfrutáramos de este día mágico. Recuerdo que cuando los Reyes cabalgaban frente a casa de abuela y abuelo, nos tiraban dulces desde sus caballos. ¡Qué emoción sentíamos! ¡Qué maravilla el ver los Reyes, los Tres Santos Reyes Melchor, Gaspar y Baltazar, pasar justo frente a casa de abuelo y abuela! La cabalgata seguía por la carretera paralela al río Guayo, la misma carretera que pasaba por el Hospital Viejo y que llegaba al puente Cifontes y cruzaba de Adjuntas a tierras de Lares. Recuerdo cómo en ocasiones seguíamos la cabalgata hasta el parque de béisbol en Castañer. En ese tiempo no había plaza pública en el poblado, solo unos inmensos árboles de maga entre la escuela elemental y las tiendas del otro lado.

Recuerdo cómo nos arremolinábamos para recoger nuestros regalos de Reyes Magos del camión que el Hospital rentaba para traerlos. No había una niña o un niño en Castañer que se quedara sin regalo. En un poblado tan pequeño, todo el mundo se conoce y Mingo Monroig, el administrador del hospital, conocía cada familia, cada niña, cada niño y adolescente de Castañer. Recuerdo que después que los regalos se repartían, empezaba la música y el jolgorio, porque las Navidades no han terminado todavía el 6 de enero. ¡Qué va! Las Navidades están en todo su esplendor todavía y después del Día de Reyes vienen las Octavitas y continúan las parrandas. Recuerdo cómo seguíamos jugando con nuestros juguetes por varios días. Recuerdo que la escuela no comenzaba sino hasta mediados de enero porque había que darle espacio al estudiantado a jugar con sus regalos de Reyes Magos.

Ahora, también recuerdo cuando todo comenzó a cambiar… Pero esos son recuerdos que prefiero no tener hoy. Hoy, seguiré recordando el Día de Reyes Magos con la ilusión del niño que fui y que todavía se emociona cada vez que viene el 6 de enero. Seguiré recordando los regalos y la yerba y los primos y la familia y la cabalgata y el parque lleno de bache donde celebrábamos. Seguiré recordando a Guayabo Dulce y a Guayo y a Castañer. Seguiré recordando los cafetales y el rio Guayo y el puente Cifontes y la casita sin terminar y la cuna convertida en cama. Seguiré recordando que el Día de Reyes es mi día favorito del año y el que más me gusta de las Navidades. Seguiré recordando que, aunque esté lejos y ya no tengo ni tiempo de celebrar este día, el Día de Reyes Magos me hace el boricua que soy.

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La depresión y el clero

Hace ya varios meses he querido escribir sobre el trastorno o enfermedad mental al que llamamos “depresión”. Al principio pensé escribir sobre esto de manera general. Pero según he meditado más sobre el tema, pienso que es importante tomar concentrarme en dos aspectos. Primero, quiero compartir mi propia experiencia como persona que vive con depresión. Segundo, quiero hacerlo desde el punto de vista de quienes pertenecemos al clero – o sea, personas en el ministerio ordenado, monjas, monjes, predicadoras, evangelistas, sacerdotes, etcétera. También quiero hacerlo en español, porque muy poco se ha dicho y se ha escrito sobre el tema de la depresión y de otras enfermedades mentales en este idioma.

Comencemos pues, por aclarar algo muy importante. Escribo sobre la depresión sin ser psicólogo, psiquiatra o profesional de la salud mental. Por otro lado, sí tengo algo de experiencia en el campo de la salud mental puesto que mis estudios universitarios (en sociología) y mis estudios graduados (en divinidad) me prepararon para poder determinar algunos grados de necesidad de personas con enfermedades mentales. Esto no quiere decir que tengo conocimiento clínico-médico al respecto; más bien, tengo herramientas para determinar si una persona necesita ser vista por una profesional de la conducta para tratar alguna enfermedad sicológica. Con esta aclaración hecha, me gustaría moverme al asunto de la depresión en el clero, en especial desde la perspectiva de las comunidades hispanas o latinas.

Dentro de las comunidades hispanas existe bastante prejuicio contra las enfermedades mentales. Es bastante sabido que las personas que practican la psicología o la psiquiatría no tienen mucha clientela entre personas hispanas. Hay varias razones que contribuyen a esto. Por ejemplo, dentro de las comunidades hispanas se entiende que es deber de la familia el proteger a sus miembros. Si una persona padece de alguna enfermedad mental, hasta cierto punto se entiende como una falta de responsabilidad de parte del padre y la madre el que un hijo o una hija padezca una enfermedad mental. Por otra parte, históricamente las personas en poder han determinado que las personas sin poder están en esta situación precisamente porque no tienen las capacidades mentales para superarse. O sea, que existe sospecha de parte de muchas personas en ser diagnosticadas con alguna enfermedad mental. Por último, la religiosidad de muchas comunidades hispanas no permite ver la necesidad de tratamientos psicológicos o psiquiátricos ya que las divinidades existen precisamente para lidiar con estos aspectos. Con esto quiero decir que existe un pensamiento arraigado entre las personas hispanas de que Dios, la Virgen, los santos, los Orishas, los espíritus guías, etcétera, son responsables de mantenernos estables en nuestra salud mental. Una oración, un exorcismo, el rezar un rosario, hacerle un ritual al Orisha, pasar por un despojo, y otros, debe ser suficiente para que la divinidad actúe y la enfermedad desaparezca. El no creer que la oración por si sola es suficiente, es motivo para cuestionar la fe de la persona. (Aunque, interesantemente, nunca se cuestiona la autoridad y el poder de la divinidad cuando la cura no llega.)

La depresión es un desorden mental. Según la definición clínica de la misma, la depresión es: “el diagnóstico psiquiátrico que describe un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana.” (Manual de Diagnóstico y Tratamiento de la Asociación Americana de Psicología) La depresión no es solamente sentirse triste por un momento. Cualquier persona que tenga sentimientos se ha sentido triste, ha llorado y ha estado sin ánimos. Es posible estar en este estado de tristeza por varias semanas e inclusive meses sin necesidad de que sea diagnosticado como depresión. (Pero de nuevo, yo no soy médico así que no puedo determinar cuánto debe prevalecer un estado de ánimos bajos antes de ser diagnosticado como depresión.) La depresión, como trastorno clínico, afecta todos los aspectos de la vida de la persona que vive con ella.2ypg5l3

Puedo decir que he vivido con depresión por varias décadas. Sin embargo, no fue hasta mis que fue joven adulto que me fue diagnosticada. Pero recuerdo que había en mi adolescencia muchas semanas y meses en que sentía una tristeza incontrolable, sin razón alguna de ser. Vivía en un completo estado de infelicidad a pesar de todas las cosas maravillosas que pasaban alrededor. Mi padre y mi madre siempre me apoyaban, me cuidaban, me ofrecían todo lo necesario para sobrevivir y tener éxito en la vida. Nunca hicieron nada para hacerme sentir inferior o hacerme sentir sin amor. Por el contrario, siempre proveyeron amor, respeto y empatía. Con esto quiero decir que la razón de mi tristeza no era por cuestiones de violencia, desamor, falta de respeto, u otras. Simplemente, la química de mi cerebro estaba en desbalance. Por lo tanto, el nivel de serotonina y dopamina – los aminoácidos que controlan el estado de ánimo en los seres humanos – estaban desbalanceados. Esta es la causa fisiológica de la depresión.

No quiero entrar en todos los detalles de lo que ha significado en mi vida el vivir con depresión. Solo quiero compartir algunas cosas que pueden ser importantes para este escrito en particular. Por ejemplo, puedo decir que desde que fui diagnosticado he podido entender el porqué de tantas acciones que he tomado en el pasado. Desde mi diagnóstico, he podido hacer cambios en mi vida – de dieta, de rutinas, y otros – que me han ayudado. Cuando mi depresión ha estado en momentos más fuertes, he tomado medicamentos bajo la supervisión de mi médico. Así, estos son algunas de las cosas que he aprendido sobre el vivir con este trastorno mental. También he aprendido que el vivir con un trastorno mental como la depresión no es “castigo divino”, no es “culpa” de nadie, no es algo que yo mismo “he buscado” y tantas otras falacias y mitos que tenemos en la cultura hispana.

Ahora, me gustaría tocar un punto muy importante sobre la depresión en mi vida. Esto es, soy miembro del clero. O sea, soy pastor. Existe entre las personas una percepción de quienes somos parte del clero que es muy dañina. Muchas personas piensan que el tener un llamado a esta profesión viene con una tarjeta divina de salir de cualquier cosa que otras personas sufran. Según la percepción popular, las personas del clero siempre están contentas, casi no enfrentan problemas, somos casi “super-humanos” para mucha gente. Pero esto no es así. Las personas que pertenecemos al clero somos nada más y nada menos que seres humanos. Nos da tristeza y alegría. Cometemos errores y tenemos logros. Pensamos en cosas feas y en cosas hermosas. Tenemos un color favorito y una comida que no nos gusta… En fin, que somos simples humanos que hemos seguido el llamado a ser líderes dentro de nuestras respectivas comunidades de fe. Pero igual que las personas al otro lado del púlpito sufren de enfermedades – de todas clases – a personas miembros del clero también nos diagnostican. Nos dan vómitos y fiebres. Vivimos con cáncer y con VIH. Tenemos migrañas y quebraduras de huesos. Así mismo, tenemos la posibilidad de padecer trastornos mentales de todo tipo. En mi caso, vivo con depresión y con desorden obsesivo-compulsivo (OCD, por sus muy conocidas siglas en inglés).

Es importante entender que las personas del clero no somos inmunes a padecer de depresión. Realmente, es una lucha constante el poder ofrecer apoyo a nuestras feligresías mientras al mismo tiempo buscamos apoyo para nosotras y nosotros. Sin embargo, entre las comunidades hispanas existe un reto mucho más grande. Esto es, el prejuicio rampante que existe entre nuestras comunidades contra los diagnósticos y tratamientos para las enfermedades mentales. Cuando un miembro del clero hispano tiene que buscar ayuda para sus trastornos mentales, lo más probable es que no tenga a nadie con quien compartir dicha lucha. Es posible que dentro de sí, la persona solo pueda ver el rechazo al que será expuesto si deja ver su vulnerabilidad entre su feligresía. También es posible que el liderato de su congregación tome medidas contra la persona, puesto que, como dije anteriormente, existe la percepción de que las enfermedades mentales son “castigo divino” o simplemente denotan una “falta de fe” en la divinidad.

Es por esto que quise compartir mi propia historia de vivir con depresión siendo parte del clero. La verdad es que, como ser humano, siento y padezco como cualquier otra persona. Así mismo, mi trastorno o enfermedad mental no me supone una desventaja para proveer apoyo espiritual a las personas a las que sirvo. Incluso, creo que yo que el vivir con depresión me ha ayudado a entender mejor otras personas que viven con enfermedades similares. El vivir con depresión me ayuda a tener más empatía con otras personas, en especial aquellas a las que sirvo. Por esto, es muy importante que dejemos a un lado los mitos sobre las enfermedades mentales, sus diagnósticos y sus tratamientos. Es imperativo, creo yo, que aceptemos que las personas miembros del clero somos humanos, creados y creadas igual que otras personas. Tenemos las mismas aspiraciones y los mismos retos.

Finalmente, es importante entender que necesitamos el apoyo de nuestras congregaciones tanto como la congregación necesita de nuestro apoyo. Esto no quiere decir que queremos que sientan lástima por nosotras y nosotros. Tampoco queremos que nos traten como niñas y niños sin protección. Lo importante, lo que pedimos de nuestras congregaciones, es que reconozcan nuestra naturaleza humana. Queremos apoyo y solidaridad. Queremos oraciones y entendimiento. Queremos que nos vean como seres humanos. No queremos burlas, ni críticas, ni dedos señalándonos como personas de poca fe. Queremos y necesitamos la comunidad a la que pertenecemos, porque sabemos que la divinidad nos ha puesto allí tanto para dar como para recibir bendición.

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