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Los callos de mis manos

Hace ya varios meses estoy yendo al gimnasio. Por razones de salud no puedo hacer ejercicios cardiovasculares (cardio) que requieran que mi corazón se acelere mucho. Así que mi entrenador sugirió que hiciera levantamiento de pesas en su lugar. Ya van varios meses levantando pesas. Siendo que no utilizo guantes, he notado cómo mis manos se comienzan a llenar de callos.

De pequeño, mi papá me llevaba a la finca para ayudarle. Tenía mis herramientas propias para trabajar: mi canastita de mimbre para el café y mi pequeño machete para enfrentarme a las yerbas que crecían impávidas por todos lados. Para quien no ha crecido en la finca, en el campo, esta vida es romantizada.

Todo escrito que he leído donde el ambiente es el campo, nos hacen pensar que esto es el idilio. Levantarse temprano, trabajar la tierra, producir nuestro propio alimento con el sudor de nuestra propia frente. Todo muy bonito y romantizado, como he escrito, pero nada de verdad.

La verdad es que esto es trabajo duro. Es fuerte. Es trabajo que, para el niño que era, no se sentía ni romántico ni satisfactorio. Aunque no creo que mi papá nunca se haya arrepentido de haber trabajado la tierra, la verdad es que él mismo nos repetía una y otra vez, la necesidad de estudiar para poder salir del campo. Tener una carrera y bc20ee0e87b18cbfe71303719e126ee4un trabajo estable. La vida en el campo y el trabajo de la finca son duros.

El tomar el pequeño machete me creaba callos en mis manos. Recuerdo que detestaba verme las manos al final del día y sentir la protuberancia que se convertiría en una ampolla de agua y que luego dejaría a su vez una marca callosa. Recuerdo el no querer ni siquiera mirar mis manos para no darme cuenta de esta horrorosa realidad que me marcaba como niño pobre, como niño del campo, como niño jíbaro…
Me ha parecido interesante que ahora, cuando ya estoy adulto y tengo más o menos la misma edad que tenía mi papá cuando me llevaba con él a la finca, mi comprensión de los callos en mis manos es diferente. Ahora, aunque no tengo callos por las mismas razones, veo mis manos y recuerdo a mi papá. Recuerdo el machetito que yo usaba para cortar las yerbas del patio y de la finca. Recuerdo los granos del café, color del rubí, cuando recolectábamos los granos en las cestas de mimbre. Recuerdo el levantarme temprano – quejándome, no queriendo ir – para llenarnos del sereno de la madrugada mientras subíamos y bajábamos cerros para encontrar los arbustos más llenos de los granos de café. Recuerdo las manos de mi papá, acariciándonos con cariño por el trabajo completado, por haberle acompañado, por hacerle sentir orgulloso. Recuerdo sus manos callosas sobre las mías, recordándome la importancia de los estudios para que no tuviese que vivir toda la vida en la finca.

Ahora, los callos de mis manos, aunque no vienen de las mismas tareas, me recuerdan a mi procedencia campesina. Soy parte de esa jaibería boricua que salió de las montañas, también llenas de callos y de cicatrices en sus tierras…

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Recuerdos del Día de Reyes Magos

Me parece que en la adultez, todas las historias que contamos comienzan con las mismas palabras: “recuerdo cuando era pequeño…” Quizás es porque las memorias son lo único 2f115ab7a7a379b4164f57fdef3aabc0--reyes-pr

que nos quedan de días pasados; días que, si no mejores – porque ningún tiempo pasado fue mejor, sino que es mejor solo el recuerdo – por lo menos fueron suficientemente gratos para guardar en algún rincón de nuestras mentes.

 

Esta historia también comienza como las demás. Recuerdo cuando era pequeño la gran emoción que el Día de los Reyes Magos traía consigo.

Recuerdo la noche anterior, cuando en aquella casita con los bloques de cemento expuestos, la que nunca se terminó de construir y quedaba en medio de los cafetales del barrio Guayabo Dulce de Adjuntas, mi hermana y yo salíamos a recoger la yerba pa’ los camellos. Recuerdo cuando pasábamos bastante tiempo buscando esa yerba, porque tenía que ser la mejor. Después de todo, los Reyes y sus camellos venían del Lejano Oriente. Me enteré, en alguna conversación con mi mamá, que “Lejano Oriente” era Arabia. Recuerdo también que no tenía idea de qué significaban esas cosas, pero el mismo nombre del lugar del cual venían los Reyes decía que era lejano, así que entendía que tanto camellos como reyes habrían de estar hambrientos cuando llegaran a tan remoto lugar de la Isla. Lo que no recuerdo es el por qué solo poníamos yerba pa’ los camellos pero nunca le dejamos nada a los reyes. “Son magos” imagino que diría mi mamá. Con magia no se necesita comer, me imagino.

Recuerdo que llegando noviembre ya buscábamos la mejor caja de zapatos para poner la yerba de los camellos. Recuerdo que siempre tenía que ser una caja de zapatos aunque no recuerdo el por qué. Como sabemos, los recuerdos son selectivos. Recordamos aquello que nos interesa recordar. Aun así, recordamos aquello que nos interesa de la manera que nos interesa.

Recuerdo que la noche anterior al Día de Reyes, dejábamos las cajitas de zapatos debajo de la cama que alguna vez fue cuna, pero ya no tenía las barras de los lados que me mantuvieron seguro cuando todavía la cama funcionaba como cuna. Teníamos la ilusión de que los Reyes trajeran algo; que dejaran sus preciados regalos debajo de la cama y que nos sorprendieran con aquello que habíamos pedido. Recuerdo que mis listas siempre incluían lo siguiente: libros, pintura, una enciclopedia, un microscopio, una colección de rocas, algún cuadro de un pintor puertorriqueño famoso (en aquellos tiempos todavía no era feminista y solo pedía cosas hechas por hombres. Fue hasta mucho después que descubrí que las mujeres también pintaban, también escribían, también volaban a la luna…)

Recuerdo también que el Día de Reyes me despertaba emocionado y al mirar debajo de la cama, siempre había algo. Recuerdo que nunca lo que hubo debajo de la cama era lo que pedía; nunca encontré un libro, un cuadro o un microscopio. Recuerdo que la ilusión no se detenía y a pesar de que lo que llegaba no era lo que pedía, me sentía especial porque los Reyes Magos no se olvidaron de mí y de mi hermana. ¡Siempre llegaba algo! Recuerdo que la mayoría de las veces, lo que nos llegaban eran simples regalos que habíamos visto en alguna vitrina de las tiendas de Yauco cuando visitábamos a madrina Carmita y a titi Betsy. ¿Cómo sabían los reyes comparar en esas tiendas? ¿Cómo nadie nunca los veía recorrer el Paseo del Café en el centro del pueblo? Nunca se me ocurrió preguntar; o quizás pregunté pero no recuerdo.

Recuerdo también que el Día de Reyes, luego de abrir nuestros regalos y de compartir la emoción, nos montábamos en cualquiera que fuera el carro que mi papá tenía esa semana y nos dirigíamos al barrio Guayo, a casa de mi abuelo Quino y mi abuela Margot. Allí, junto a mis primas y primos, esperábamos por la cabalgata de Reyes Magos que siempre pasaba por la casa. Era parte de su ruta hacia el parque en Castañer, donde el Hospital General recibiría a todo el niñerío de Castañer para repartir regalos y dulces y para que disfrutáramos de este día mágico. Recuerdo que cuando los Reyes cabalgaban frente a casa de abuela y abuelo, nos tiraban dulces desde sus caballos. ¡Qué emoción sentíamos! ¡Qué maravilla el ver los Reyes, los Tres Santos Reyes Melchor, Gaspar y Baltazar, pasar justo frente a casa de abuelo y abuela! La cabalgata seguía por la carretera paralela al río Guayo, la misma carretera que pasaba por el Hospital Viejo y que llegaba al puente Cifontes y cruzaba de Adjuntas a tierras de Lares. Recuerdo cómo en ocasiones seguíamos la cabalgata hasta el parque de béisbol en Castañer. En ese tiempo no había plaza pública en el poblado, solo unos inmensos árboles de maga entre la escuela elemental y las tiendas del otro lado.

Recuerdo cómo nos arremolinábamos para recoger nuestros regalos de Reyes Magos del camión que el Hospital rentaba para traerlos. No había una niña o un niño en Castañer que se quedara sin regalo. En un poblado tan pequeño, todo el mundo se conoce y Mingo Monroig, el administrador del hospital, conocía cada familia, cada niña, cada niño y adolescente de Castañer. Recuerdo que después que los regalos se repartían, empezaba la música y el jolgorio, porque las Navidades no han terminado todavía el 6 de enero. ¡Qué va! Las Navidades están en todo su esplendor todavía y después del Día de Reyes vienen las Octavitas y continúan las parrandas. Recuerdo cómo seguíamos jugando con nuestros juguetes por varios días. Recuerdo que la escuela no comenzaba sino hasta mediados de enero porque había que darle espacio al estudiantado a jugar con sus regalos de Reyes Magos.

Ahora, también recuerdo cuando todo comenzó a cambiar… Pero esos son recuerdos que prefiero no tener hoy. Hoy, seguiré recordando el Día de Reyes Magos con la ilusión del niño que fui y que todavía se emociona cada vez que viene el 6 de enero. Seguiré recordando los regalos y la yerba y los primos y la familia y la cabalgata y el parque lleno de bache donde celebrábamos. Seguiré recordando a Guayabo Dulce y a Guayo y a Castañer. Seguiré recordando los cafetales y el rio Guayo y el puente Cifontes y la casita sin terminar y la cuna convertida en cama. Seguiré recordando que el Día de Reyes es mi día favorito del año y el que más me gusta de las Navidades. Seguiré recordando que, aunque esté lejos y ya no tengo ni tiempo de celebrar este día, el Día de Reyes Magos me hace el boricua que soy.

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Yo también soy puertorriqueño

Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Todo Cambia, Julio Numhauser

       Hace quince años, más o menos – con una pequeña interrupción en el 2011 – vivo en los Estados Unidos. La mayoría de este tiempo la he pasado entre estudios y trabajo. Ambos – tanto estudios como trabajo – han sido por lo general en contextos angloparlantes. Como estudiante, pasé cuatro años en la escuela graduada de teología, sumergido en clases todas en inglés, con libros en inglés – aun cuando el curso podría ser sobre teología latinoamericana –, escribiendo ensayos en inglés y asistiendo a servicios religiosos en inglés. Durante el tiempo que trabajé como pastor de congregaciones, la mayoría de estas congregaciones fueron angloparlantes. Aquí también tuve una interrupción, puesto que serví una congragación hispana en la ciudad de Nueva York. En esta congregación – y es importante que señale esto – la mayoría de las personas eran ecuatorianas, con una buena dosis de bolivianos, puertorriqueños, colombianos, cubanos, guatemaltecos, hondureños, peruanos y una persona mexicana.

Cuando era pequeño, recuerdo que a quienes se iban de Puerto Rico y regresaban eran vistos casi como “traidores a la patria”. Nadie decía nada abiertamente, es cierto, pero se les trataba como tal. “Ya te ves más blanca que una gringa”, le decían a algunas de mis tías cuando visitaba el poblado Castañer donde crecí. “¿Se te olvidó tan rápido el español?” le preguntaban a mis tíos que llevaban más de veinte años viviendo en Illinois o Nueva Jersey. “¿Es que no le enseñan español a esos nenes?” le preguntaban a tíos y tías cuando sus hijas e hijos batallaban para comunicarse con lo que aparentaba ser su poco vocabulario en español. Todas estas actitudes eran las que veía en mi propia familia. Pero estoy seguro que existían en otras familias también.

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Por mi parte, siempre pensé que irse de la Isla era como una traición. Sí, yo también lo pensaba. ¿Por qué se va la gente de este paraíso? ¿Por qué se retiran como si no pudieran hacer nada por este país y luego vienen con acentos, ropas diferentes, creyéndose más boricuas que aquellos que nos hemos quedado y queriendo tener injerencia en asuntos internos de la Isla que dejaron atrás? De verdad que no comprendía por qué las personas que salían de la Isla querían regresar con opiniones políticas y sociales; con expresiones culturales que eran ya irrelevantes a la realidad del momento en Puerto Rico; pero más que todo, con ese acento que ni era del todo español “boricua” ni inglés bien hablado. Me irritaba. Como siempre me he identificado como independentista, pues me irritaba más, porque pensaba que quienes se habían ido, no deberían tener la oportunidad de reclamar su puertorriqueñidad.
Eso es, hasta que me tocó a mí. Ahora soy yo quien está en el otro lado del discurso, como receptor de las críticas de amistades y enemistades que me piden que me quede callado cuando asuntos políticos, económicos, sociales y demás vienen a ser discutidos en el foro público puertorriqueño. Ahora soy yo de quien se burlan por un acento que algunas personas llaman “neutral” y que otras a quienes les interesa menos esconder su xenofobia llaman “mexicano”. Ahora es de mí de quien se dice que estoy “engringado” porque se me olvidan palabras y conceptos en el idioma de Cervantes y a veces mezclo el español con el inglés como la cosa más natural del mundo pero que es una aberración a los puristas boricuas que no pronuncian las “s” al final de las palabras y que arrastran las “r” como si estuvieran hablando francés, o, en la mayoría de los casos, las cambian por “l” aunque morfológicamente esté incorrecto…
Hay algo que entiendo ahora y que no entendía cuando era parte de los puristas puertorriqueñistas: la puertorriqueñidad – o cualquiera que sea la nacionalidad u originalidad de la persona – no tiene que ver con residir en el lugar, sino con las raíces que te unen a ese lugar. Por eso fui, soy y seguiré siendo puertorriqueño, con mancha de plátano incluida, no importa dónde resida ni cuánto tiempo pase fuera de la Isla. Como cantaba Mercedes Sosa – la argentina que vivió en el exilio en Francia y Esapaña hasta que pudo regresar a su amado país -: “Cambia, todo cambia; Pero no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor, de mi pueblo y de mi gente.” Y que valga decir que la canción fue escrita por un chileno, Julio Numhauser, quien también ha vivido en el exilio en Suecia desde que tuvo que abandonar su país durante la dictadura. Sí, todo cambia, pero no cambia el amor, el recuerdo, el interés, la pasión, el anhelo de mi gente y del país que me vio nacer y crecer. Miles de millas nos pueden separar, pero mi puertorriqueñidad no me la quita nadie; ni la realidad en la que vivo, ni los puristas puertorriqueñistas en la Isla.
Ciertamente, no fue la violencia militar la que me hizo salir de Puerto Rico. Al usar a Sosa y a Numhauser no quiero decir que mi situación haya sido idéntica. No lo fue. Aunque sí tuvo que ver la política con mi exilio. Pero lo que quiero demostrar al utilizar estos ejemplos es que toda persona que por cualquier razón deje a su patria para instalarse en otro lugar, sufre tanto de añoranza por su pueblo como de rechazo por parte de quienes, por cualquier razón, se han quedado.
Los medios de comunicación sociales nos permiten tener contacto constante con los países que hemos dejado. Esto también hace que nos mantengamos acercados a situaciones sociales, económicas, políticas y demás en nuestros países de origen. Si queremos aportar al discurso público en nuestros países, ¿por qué impedírnoslo? ¿Qué nos hace menos puertorriqueñas o puertorriqueños? ¿Quién dice que hemos dejado de interesarnos en el presente y el futuro de nuestra tierra? Los gobiernos (y no solo el de Puerto Rico) contrata servicios de consultoría de países extranjeros todo el tiempo. Esto lo hacen porque a veces el tener una perspectiva diferente, “desde afuera”, puede ayudar inmensamente en el desarrollo interno. Entonces, ¿por qué demandar que nos callemos quienes vivimos fuera de la tierra Borincana? Nuestra experiencia de vida en la Isla y fuera de ella es, creo yo, necesaria para el desarrollo del país. Esto no quita validez ni peso a las opiniones y las acciones de quienes todavía viven en Puerto Rico. Por el contrario, las fortalece.
Además de nuestra esto, lo cierto es que en el mundo globalizado en el que vivimos, todas las personas podemos hacer público nuestro sentimiento y nuestras posiciones con respecto a cualquier cosa de cualquier país. El hecho de que somos de un lado, de que vivimos en otro y de que hablemos diferentes idiomas no significa que no podemos entender la realidad de otros países u otras sociedades. Si no, ¿por qué tanta gente en Puerto Rico tiene opiniones e ideas de lo que debe hacerse en el Oriente Medio? O sea, según quienes nos critican por proponer ideas sobre la realidad actual de Puerto Rico, quienes vivimos fuera de la Isla “no tenemos vela en ese entierro”, pero lo mismo no le aplica a quienes viven en la Isla y tienen ideas de qué debe hacer el gobierno de Siria y las guerrillas ciudadanas. ¿Lógica etnocentrista?
Hay otro punto al que hice referencia al principio y quiero retomar; el acento. Quien ha salido de la burbuja San Juan-Bayamón-Guaynabo-Caguas (¡y mira que hay muchas personas que nunca han salido de allí!) sabrán que cada rincón de la Isla tiene su acentito. Unos más y otros menos, pero todos tenemos un acento regional. Recuerdo que cuando pequeño mi hermana y yo nos reíamos con la forma “cantadita” de hablar de nuestra familia de Morovis. ¡Morovis! Otro pueblo montañoso no tan diferente de Adjuntas donde crecí, pero con sus regionalismos y hasta su propio acento regional.
Tanto el jíbaro del campo como la señora de la loza tienen su acento particular. Cuando el jíbaro se muda pa’ la loza y la señora de la capital se muda pa’l campo, sus acentos pueden cambiar. El jíbaro comienza a pronunciar la “s” al final de la palabra mientras que la doña comienza a arrastrar la “r”. Eso pasa todo el tiempo. Es parte de una cultura en movimiento. Es parte de vivir en un mundo donde estamos en cada momento interactuando unas con otras. Cuando los horizontes se ensanchan y ya no es solamente salir de la loza pa’l campo, sino de un país a otro, es también posible que los acentos cambien. Esto no quiere decir que todo el mundo cambia su acento. No. Algunas personas, por cualquier motivo, lo mantienen. Otras, sin embargo, cambian. Es parte normal de las interacciones humanas.
Como dije al principio de este ensayo, estuve al frente de una congregación que era mayormente ecuatoriana. El transporte público, para mí, es guagua. Así que, en puertorriqueño, yo digo “coger la guagua” para referirme a la acción de tomar el transporte público para ser transportado de un lugar a otro. Pero hay algo importante en las relaciones internacionales y el uso del español… En Ecuador, “guagua” es niña pequeña, mientras que “coger” tiene, además de la acepción de “tomar”, otra acepción, que es de naturaleza sexual. Lo que para mí es una acción normal del día a día, para un ecuatoriano es una vulgaridad. ¿No es responsabilidad de un buen líder el adaptarse a la comunidad que sirve? Entonces, debo adaptar mi español a la comunidad que me circunda. Esto no me ha hecho menos puertorriqueño ni me quita el deseo de estar involucrado en la realidad política, social, económica y demás del país al que me siento unido.
El acento no me define como puertorriqueño; como tampoco define mi puertorriqueñidad el lugar donde vivo, mi sexualidad, mi color de piel, mi educación, mi sexo, mi género, mi posición social, mi trabajo, etcétera. Mi puertorriqueñidad no depende de cómo la definan quienes se han quedado en la Isla. Tampoco depende de cómo la definamos quienes hemos salido o quienes nunca la han visitado (hay puertorriqueños y puertorriqueñas que han nacido en Estados Unidos u otros países que también se interesan en la realidad de la Isla.) Mi puertorriqueñidad y cuánto quiero involucrarme en las discusiones de la realidad isleña la defino yo. Me interesa seguir leyendo, aprendiendo, escuchando, opinando sobre la realidad de la Isla. Me interesa seguir poniendo mi granito de arena en el desarrollo social, político, económico de Puerto Rico. Me interesa porque amo a mi Isla y no importa cuánto cloro los puristas puertorriqueñistas me quieran tirar, la mancha de plátano no se me va a quitar. ¡Yo también soy puertorriqueño!

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