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La depresión y el clero

Hace ya varios meses he querido escribir sobre el trastorno o enfermedad mental al que llamamos “depresión”. Al principio pensé escribir sobre esto de manera general. Pero según he meditado más sobre el tema, pienso que es importante tomar concentrarme en dos aspectos. Primero, quiero compartir mi propia experiencia como persona que vive con depresión. Segundo, quiero hacerlo desde el punto de vista de quienes pertenecemos al clero – o sea, personas en el ministerio ordenado, monjas, monjes, predicadoras, evangelistas, sacerdotes, etcétera. También quiero hacerlo en español, porque muy poco se ha dicho y se ha escrito sobre el tema de la depresión y de otras enfermedades mentales en este idioma.

Comencemos pues, por aclarar algo muy importante. Escribo sobre la depresión sin ser psicólogo, psiquiatra o profesional de la salud mental. Por otro lado, sí tengo algo de experiencia en el campo de la salud mental puesto que mis estudios universitarios (en sociología) y mis estudios graduados (en divinidad) me prepararon para poder determinar algunos grados de necesidad de personas con enfermedades mentales. Esto no quiere decir que tengo conocimiento clínico-médico al respecto; más bien, tengo herramientas para determinar si una persona necesita ser vista por una profesional de la conducta para tratar alguna enfermedad sicológica. Con esta aclaración hecha, me gustaría moverme al asunto de la depresión en el clero, en especial desde la perspectiva de las comunidades hispanas o latinas.

Dentro de las comunidades hispanas existe bastante prejuicio contra las enfermedades mentales. Es bastante sabido que las personas que practican la psicología o la psiquiatría no tienen mucha clientela entre personas hispanas. Hay varias razones que contribuyen a esto. Por ejemplo, dentro de las comunidades hispanas se entiende que es deber de la familia el proteger a sus miembros. Si una persona padece de alguna enfermedad mental, hasta cierto punto se entiende como una falta de responsabilidad de parte del padre y la madre el que un hijo o una hija padezca una enfermedad mental. Por otra parte, históricamente las personas en poder han determinado que las personas sin poder están en esta situación precisamente porque no tienen las capacidades mentales para superarse. O sea, que existe sospecha de parte de muchas personas en ser diagnosticadas con alguna enfermedad mental. Por último, la religiosidad de muchas comunidades hispanas no permite ver la necesidad de tratamientos psicológicos o psiquiátricos ya que las divinidades existen precisamente para lidiar con estos aspectos. Con esto quiero decir que existe un pensamiento arraigado entre las personas hispanas de que Dios, la Virgen, los santos, los Orishas, los espíritus guías, etcétera, son responsables de mantenernos estables en nuestra salud mental. Una oración, un exorcismo, el rezar un rosario, hacerle un ritual al Orisha, pasar por un despojo, y otros, debe ser suficiente para que la divinidad actúe y la enfermedad desaparezca. El no creer que la oración por si sola es suficiente, es motivo para cuestionar la fe de la persona. (Aunque, interesantemente, nunca se cuestiona la autoridad y el poder de la divinidad cuando la cura no llega.)

La depresión es un desorden mental. Según la definición clínica de la misma, la depresión es: “el diagnóstico psiquiátrico que describe un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana.” (Manual de Diagnóstico y Tratamiento de la Asociación Americana de Psicología) La depresión no es solamente sentirse triste por un momento. Cualquier persona que tenga sentimientos se ha sentido triste, ha llorado y ha estado sin ánimos. Es posible estar en este estado de tristeza por varias semanas e inclusive meses sin necesidad de que sea diagnosticado como depresión. (Pero de nuevo, yo no soy médico así que no puedo determinar cuánto debe prevalecer un estado de ánimos bajos antes de ser diagnosticado como depresión.) La depresión, como trastorno clínico, afecta todos los aspectos de la vida de la persona que vive con ella.2ypg5l3

Puedo decir que he vivido con depresión por varias décadas. Sin embargo, no fue hasta mis que fue joven adulto que me fue diagnosticada. Pero recuerdo que había en mi adolescencia muchas semanas y meses en que sentía una tristeza incontrolable, sin razón alguna de ser. Vivía en un completo estado de infelicidad a pesar de todas las cosas maravillosas que pasaban alrededor. Mi padre y mi madre siempre me apoyaban, me cuidaban, me ofrecían todo lo necesario para sobrevivir y tener éxito en la vida. Nunca hicieron nada para hacerme sentir inferior o hacerme sentir sin amor. Por el contrario, siempre proveyeron amor, respeto y empatía. Con esto quiero decir que la razón de mi tristeza no era por cuestiones de violencia, desamor, falta de respeto, u otras. Simplemente, la química de mi cerebro estaba en desbalance. Por lo tanto, el nivel de serotonina y dopamina – los aminoácidos que controlan el estado de ánimo en los seres humanos – estaban desbalanceados. Esta es la causa fisiológica de la depresión.

No quiero entrar en todos los detalles de lo que ha significado en mi vida el vivir con depresión. Solo quiero compartir algunas cosas que pueden ser importantes para este escrito en particular. Por ejemplo, puedo decir que desde que fui diagnosticado he podido entender el porqué de tantas acciones que he tomado en el pasado. Desde mi diagnóstico, he podido hacer cambios en mi vida – de dieta, de rutinas, y otros – que me han ayudado. Cuando mi depresión ha estado en momentos más fuertes, he tomado medicamentos bajo la supervisión de mi médico. Así, estos son algunas de las cosas que he aprendido sobre el vivir con este trastorno mental. También he aprendido que el vivir con un trastorno mental como la depresión no es “castigo divino”, no es “culpa” de nadie, no es algo que yo mismo “he buscado” y tantas otras falacias y mitos que tenemos en la cultura hispana.

Ahora, me gustaría tocar un punto muy importante sobre la depresión en mi vida. Esto es, soy miembro del clero. O sea, soy pastor. Existe entre las personas una percepción de quienes somos parte del clero que es muy dañina. Muchas personas piensan que el tener un llamado a esta profesión viene con una tarjeta divina de salir de cualquier cosa que otras personas sufran. Según la percepción popular, las personas del clero siempre están contentas, casi no enfrentan problemas, somos casi “super-humanos” para mucha gente. Pero esto no es así. Las personas que pertenecemos al clero somos nada más y nada menos que seres humanos. Nos da tristeza y alegría. Cometemos errores y tenemos logros. Pensamos en cosas feas y en cosas hermosas. Tenemos un color favorito y una comida que no nos gusta… En fin, que somos simples humanos que hemos seguido el llamado a ser líderes dentro de nuestras respectivas comunidades de fe. Pero igual que las personas al otro lado del púlpito sufren de enfermedades – de todas clases – a personas miembros del clero también nos diagnostican. Nos dan vómitos y fiebres. Vivimos con cáncer y con VIH. Tenemos migrañas y quebraduras de huesos. Así mismo, tenemos la posibilidad de padecer trastornos mentales de todo tipo. En mi caso, vivo con depresión y con desorden obsesivo-compulsivo (OCD, por sus muy conocidas siglas en inglés).

Es importante entender que las personas del clero no somos inmunes a padecer de depresión. Realmente, es una lucha constante el poder ofrecer apoyo a nuestras feligresías mientras al mismo tiempo buscamos apoyo para nosotras y nosotros. Sin embargo, entre las comunidades hispanas existe un reto mucho más grande. Esto es, el prejuicio rampante que existe entre nuestras comunidades contra los diagnósticos y tratamientos para las enfermedades mentales. Cuando un miembro del clero hispano tiene que buscar ayuda para sus trastornos mentales, lo más probable es que no tenga a nadie con quien compartir dicha lucha. Es posible que dentro de sí, la persona solo pueda ver el rechazo al que será expuesto si deja ver su vulnerabilidad entre su feligresía. También es posible que el liderato de su congregación tome medidas contra la persona, puesto que, como dije anteriormente, existe la percepción de que las enfermedades mentales son “castigo divino” o simplemente denotan una “falta de fe” en la divinidad.

Es por esto que quise compartir mi propia historia de vivir con depresión siendo parte del clero. La verdad es que, como ser humano, siento y padezco como cualquier otra persona. Así mismo, mi trastorno o enfermedad mental no me supone una desventaja para proveer apoyo espiritual a las personas a las que sirvo. Incluso, creo que yo que el vivir con depresión me ha ayudado a entender mejor otras personas que viven con enfermedades similares. El vivir con depresión me ayuda a tener más empatía con otras personas, en especial aquellas a las que sirvo. Por esto, es muy importante que dejemos a un lado los mitos sobre las enfermedades mentales, sus diagnósticos y sus tratamientos. Es imperativo, creo yo, que aceptemos que las personas miembros del clero somos humanos, creados y creadas igual que otras personas. Tenemos las mismas aspiraciones y los mismos retos.

Finalmente, es importante entender que necesitamos el apoyo de nuestras congregaciones tanto como la congregación necesita de nuestro apoyo. Esto no quiere decir que queremos que sientan lástima por nosotras y nosotros. Tampoco queremos que nos traten como niñas y niños sin protección. Lo importante, lo que pedimos de nuestras congregaciones, es que reconozcan nuestra naturaleza humana. Queremos apoyo y solidaridad. Queremos oraciones y entendimiento. Queremos que nos vean como seres humanos. No queremos burlas, ni críticas, ni dedos señalándonos como personas de poca fe. Queremos y necesitamos la comunidad a la que pertenecemos, porque sabemos que la divinidad nos ha puesto allí tanto para dar como para recibir bendición.

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El Peligro de la Educación

(NOTA: Este es un artículo extenso, como respuesta a los discursos públicos en Puerto Rico con respecto a las leyes propuestas que protegerían a las comunidades LGBT de la Isla. Por favor, tomen el tiempo para leerlo, no lo lean a prisa. Es un ensayo socio-teológico, no solamente un artículo de opinión.)

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Cuando entré en la adolescencia comencé a sentir un dolor horrible en mi rodilla derecha. La verdad es que no había razón para ello. Nunca he sido deportista. No me había lastimado. Sólo me dolía la rodilla. Preocupada, mi madre me llevó a la pediatra. Después da varios exámenes, la pediatra llegó con su diagnóstico. “Mayi,” le dice la pediatra a mi mamá, “lo que tu hijo tiene no es nada grave. Es solo que está creciendo. Esos dolores son normales. Es parte del proceso de crecimiento.”

Nunca me voy a olvidar de este incidente. De hecho, en más de una ocasión esta historia me ha servido para mis sermones. El proceso de crecimiento duele. Crecer implica cambios y transformaciones que en ocasiones pueden ser dolorosas. Algo así es lo que pasa con el proceso de educación.  Si se toma en serio, la educación no es algo de un solo día. La educación es – o debería ser – un proceso de aprendizaje continuo que, de una manera u otra, conlleva transformación y por ende, un poco de dolor e incomodidad. He ahí donde está el peligro de la educación…

Debo aclarar que “educación” e “instrucción”, aunque pueden utilizarse coloquialmente como sinónimos, no lo son. La instrucción es una forma de enseñanza en la cual se adiestra para un propósito en particular. Por ejemplo, podemos obtener instrucción de cómo armar un aparato electrónico. Para armar dicho aparato, no necesitamos saber el porqué, solo necesitamos el dónde van las piezas y ponerlas en su lugar. Una persona instruida sabe crear algo. La instrucción es muy importante en el campo laboral, puesto que nos ayuda a llevar a cabo nuestras tareas y producir resultados. De hecho, toda disciplina requiere de instrucción.

Pero la educación es más que instrucción. La educación es un conjunto de conocimientos que nos permiten interactuar en la sociedad. La educación no solamente instruye a un individuo a llevar a cabo una tarea sino que nos ayuda a entender el contexto en el cual esta tarea se lleva a cabo.

Les comparto dos ejemplos de cómo la instrucción y la educación van de la mano pero son diferentes.

Digamos que una ingeniera civil quiere hacer un puente que cruce de un lado del río al otro. La ingeniera tiene la capacidad de diseñar el puente. También puede ella determinar los materiales a utilizarse, los procedimientos necesarios y las dimensiones del proyecto. Su instrucción le permite hacer todo esto. Pero digamos que esta ingeniera no tuvo educación, solo tuvo instrucción. ¿Para qué es bueno ese puente? ¿Sólo para pasar de un lado al otro? ¿Cuál es la razón por la cual se quieran conectar un lado del río al otro? ¿Qué beneficios traerá este puente?

En su educación – probablemente universitaria – esta ingeniera fue expuesta a una educación comprensiva. Durante sus años de estudio, ella tomó cursos no solamente de diseño y materiales, sino que tomó cursos de economía y sociología, de historia y de redacción.

Podrás preguntarte – como se preguntaban muchos/as de mis compañeros/as de estudio – el porqué es importante tener todos esos “cursos irrelevantes” en el currículo universitario. Pues vayamos de regreso a las preguntas que cito arriba. ¿Por qué hacer el puente? Puede ser que hayan razones económicas: un lado del río tiene las fábricas mientras el otro tiene las tiendas que venden los productos. Esto es economía, no ingeniería ni química. ¿Dónde hacer el puente? Pues en el lugar más accesible para la población (demografía), pero suficientemente apartado como para no disturbar las sociedades expuestas al mismo (sociología) ni el medio ambiente (ecología). ¿Por qué hacerlo hoy y no esperar unos años? Porque el movimiento de personas al área lo requiere (historia). ¿Habrá dinero para construirlo? Pues una buena presentación a las compañías inversionistas (redacción) podría convencerles de que es necesario (retórica).

En fin, que la educación comprensiva a la que la ingeniera se haya expuesto le dará las herramientas para llevar a cabo su labor.

Ahora, permítanme compartir otro ejemplo más personal.

Mi profesión es el ministerio. O, en español sencillo, soy pastor de iglesia. Contrario a lo que muchas personas piensan, el pastor o la pastora no es – o no debería ser, como muchas personas que hay por ahí – un títere de Dios. Si bien es cierto que para quienes practicamos el ministerio “el llamado” es importante – o sea, nuestro sentido de que la Divinidad nos ha extendido una invitación al ministerio – también es cierto que es necesario obtener una educación comprensiva para ser un ministro o una ministra efectiva.

O sea, podemos tener una buena instrucción de cómo predicar. Pero eso es solo uno de muchos aspectos del ministerio. Un pastor o una pastora educada, también entenderá la historia de la fe (historia y humanidades), el contexto sociológico en el cual los textos sagrados fueron escritos (sociología y antropología), las características de la congregación a la que sirve (antropología, economía y demografía), etcétera. Pero también debe el ministro o la ministra tener conocimiento de la sicología y la biología – ¿está una persona con depresión porque perdió un ser querido o lo está porque tiene una condición de desequilibrio hormonal o de problemas químicos de los neurotransmisores dentro del cerebro? Además, tenemos que tener en cuenta aspectos económicos y financieros (¿cuánto se puede hacer con los recursos que contamos?) ¡Y todo esto es solo el comienzo!

Una educación comprensiva, contrario a una instrucción, lleva a tomar todo lo que tenemos alrededor en consideración. Pero además, la educación comprensiva trae consigo el “peligro” de que tengamos que cambiar de parecer de acuerdo a los datos nuevos que nos lleguen. O sea, que cuando se presentan nuevas alternativas, o se presentan nuevas realidades, debemos aceptarlos y utilizar los mismos para tomar nuevas decisiones. Hay ocasiones en que estas decisiones serán diferentes a las que en un momento pensamos que eran las únicas que debían tomarse. Esto, por supuesto, trae consigo el “peligro” de transformación, de cambio, de dejar atrás las cosas que conocemos y que nos hacen sentir cómodos para poder movernos hacia adelante.

En días recientes el debate público en Puerto Rico ha traído a la luz el peligro de la educación. Pero aun más, este debate ha demostrado que muchas personas que se autoproclaman “líderes” – ya sean políticos, comunitarios o religiosos – no tienen el deseo de exponerse a una educación. De hecho, ellos y ellas parecen estar conformes con su instrucción y han tomado la decisión de dejar de crecer como individuos y como miembros productivos de la sociedad. Prefieren, estos “líderes”, mantenerse enajenados y enajenadas de los datos y las nuevas realidades que el resto de la sociedad vive.

Lo más desafortunado es que, junto a sus posiciones erróneas, han tratado de arrastrar a una masa de personas que también han tomado la decisión de dejar de aprender. Y no digo que esta masa sea la mayoría. No lo creo. De hecho, sé – porque he sido parte de la facultad de una universidad en la Isla – que hay muchas personas que atesoran la educación y que la saben importante dentro de su necesidad de instrucción para ejercer diferentes profesiones.

Ahora, les comparto algunos datos específicos de las ridículas ocurrencias que han pasado durante los debates públicos en Puerto Rico.

Comencemos con la falta de educación de la legisladora que llamó – y sigue llamando – “orientación sexual” a la pedofilia y al bestialismo. Esta legisladora aprendió a ejercer una profesión (se instruyó), en su caso, la abogacía. Como no conozco su record con respecto a su profesión, digamos que es buena abogada. Digamos que representó a sus clientes de manera justa y profesional. Digamos que ganó varios casos y que perdió otros, como cualquier otra persona ejerciendo su profesión. Su instrucción le ayudó a ejercer la abogacía y hasta le ofreció herramientas para convencer al pueblo de que era la mejor candidata para ocupar un puesto público. Desafortunadamente, a esta legisladora no le interesa la educación. Como la educación implica transformación y por ende, un proceso de dolor al dejar atrás creencias, mitos, prejuicios y mores que han estado integrados a nuestra psiquis cultural, la legisladora ha preferido ignorar los datos, las realidades y los argumentos que se le han presentado tratando de corregir sus errores. No ha podido la legisladora reconocer su error y APRENDER, exponerse a una transformación y a un crecimiento. Así que sigue ella en su ignorancia y haciéndose la víctima.

¿Qué se puede hacer con un caso como el de esta legisladora y de otros y otras personas que pertenecen a la élite política del país? En su caso, esperar unos años para presentarla de nuevo ante las masas educadas de los y las votantes.

El segundo caso es más peligroso. Este es el caso de una señora que se autoproclamó “apóstol” y que dirige una congregación bastante grande en la Isla. Digo que este caso es más peligroso por varias razones. Primero, como pastor y teólogo, veo crasos errores teológicos en las enseñanzas de esta señora. Segundo, porque esta señora no tiene educación teológica ni entrenamiento profesional, por lo que ha estado poniendo en peligro la salud emocional y espiritual de miles de personas que han pasado por su congregación. Tercero, porque esta señora ha estado teniendo un protagonismo tremendo y controlando los medios de comunicación, dando una perspectiva errónea de quienes nos dedicamos al ministerio y de quienes hacemos teología, no sin señalar el daño que le hace al pueblo al no querer reconocer sus errores.

Cualquier persona puede ser entrenada (instruida) para predicar. Esto es fácil. Pero no toda persona tiene el deseo de aprender y educarse en el ministerio. No quiero entrar en muchos detalles porque ya este ensayo está suficientemente largo. Pero les dejo con varias observaciones teológicas que desmienten las posiciones de la señora que se autoproclama “apóstol”.

¿Puede alguien proclamarse “apóstol” hoy día? Según las Escrituras Cristianas – las mismas que esta señora demuestra que no ha leído – la respuesta es un rotundo NO.

¿Cuáles, pues, son los requisitos para ser apóstol? Pues son tres. Primero, haber estado con Jesús durante su ministerio y haber sido testigo de su resurrección (Hechos 1.12-26 y 1 Corintios 9.1) Y le cito esta parte de la Biblia Reina-Valera 1960 que esta señora dice que vino directa del cielo – “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.” (Hechos 1.21-22, esto ocurre cuando los Apóstoles se reunieron para escoger el sucesor de Judas Iscariote.) Segundo, un apóstol debe haber sido llamado o llamada directamente por Jesús u por el Espíritu Santo para tal trabajo (Mateo 10:1-15; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16; Juan 20.1-18 [este es el llamado y la encomienda a María Magdalena, quien también fue apóstol en todo el sentido de la palabra]; Hechos 1:12-26; 9:1-19; 22:6-21; 26:12-23). Finalmente, los y las apóstoles tenían el poder de hacer milagros (Macos 3:15; 16:17-20; Lucas 9:1-2; Juan 14:12,26; 15:24-27; 16:13; Hechos 2:43; 4:29-31,33; 5:12,15-16; 6:6; 8:14-18; 19:6; 2 Timoteo 1:6; Romanos 1:11; Hebreos 2:3-4). Esta lista de versículos que hablan tan claramente de las características de un apóstol nos da la certeza de que la señora que se ha autoproclamado “apóstol” nunca ha abierto la Biblia para leerla.

Tenemos que tener en cuenta que el poder de hacer milagros es concedido a TODA persona creyente, no solamente a los y las apóstoles. Sin embargo, las tres características tienen que estar unidas para poder determinar si una persona es en realidad “apóstol” en el sentido bíblico de la palabra. Si no es así, entonces debemos hacer lo que la misma Biblia nos enseña, “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4.11) Cuando tomo todo en consideración, la única conclusión a la que puedo llegar con respecto a esta señora es que es una falsa profetiza. Desafortunadamente, como dice la Biblia, “son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.” (Mateo 15.14)

En fin, que tanto la legisladora como la señora autoproclamada “apóstol” han sido instruidas, pero su temor a la transformación y al crecimiento como personas le han impedido educarse. Ese es el peligro de la educación: que duele, que hace que nos sintamos incómodos, que nos toca en lo más profundo y no nos deja iguales… En fin, que si queremos crecer como personas, tenemos que exponernos a los peligros de la educación. De otra manera, solo somos “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13.1) pero completamente huecos.

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