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Recuerdos del Día de Reyes Magos

Me parece que en la adultez, todas las historias que contamos comienzan con las mismas palabras: “recuerdo cuando era pequeño…” Quizás es porque las memorias son lo único 2f115ab7a7a379b4164f57fdef3aabc0--reyes-pr

que nos quedan de días pasados; días que, si no mejores – porque ningún tiempo pasado fue mejor, sino que es mejor solo el recuerdo – por lo menos fueron suficientemente gratos para guardar en algún rincón de nuestras mentes.

 

Esta historia también comienza como las demás. Recuerdo cuando era pequeño la gran emoción que el Día de los Reyes Magos traía consigo.

Recuerdo la noche anterior, cuando en aquella casita con los bloques de cemento expuestos, la que nunca se terminó de construir y quedaba en medio de los cafetales del barrio Guayabo Dulce de Adjuntas, mi hermana y yo salíamos a recoger la yerba pa’ los camellos. Recuerdo cuando pasábamos bastante tiempo buscando esa yerba, porque tenía que ser la mejor. Después de todo, los Reyes y sus camellos venían del Lejano Oriente. Me enteré, en alguna conversación con mi mamá, que “Lejano Oriente” era Arabia. Recuerdo también que no tenía idea de qué significaban esas cosas, pero el mismo nombre del lugar del cual venían los Reyes decía que era lejano, así que entendía que tanto camellos como reyes habrían de estar hambrientos cuando llegaran a tan remoto lugar de la Isla. Lo que no recuerdo es el por qué solo poníamos yerba pa’ los camellos pero nunca le dejamos nada a los reyes. “Son magos” imagino que diría mi mamá. Con magia no se necesita comer, me imagino.

Recuerdo que llegando noviembre ya buscábamos la mejor caja de zapatos para poner la yerba de los camellos. Recuerdo que siempre tenía que ser una caja de zapatos aunque no recuerdo el por qué. Como sabemos, los recuerdos son selectivos. Recordamos aquello que nos interesa recordar. Aun así, recordamos aquello que nos interesa de la manera que nos interesa.

Recuerdo que la noche anterior al Día de Reyes, dejábamos las cajitas de zapatos debajo de la cama que alguna vez fue cuna, pero ya no tenía las barras de los lados que me mantuvieron seguro cuando todavía la cama funcionaba como cuna. Teníamos la ilusión de que los Reyes trajeran algo; que dejaran sus preciados regalos debajo de la cama y que nos sorprendieran con aquello que habíamos pedido. Recuerdo que mis listas siempre incluían lo siguiente: libros, pintura, una enciclopedia, un microscopio, una colección de rocas, algún cuadro de un pintor puertorriqueño famoso (en aquellos tiempos todavía no era feminista y solo pedía cosas hechas por hombres. Fue hasta mucho después que descubrí que las mujeres también pintaban, también escribían, también volaban a la luna…)

Recuerdo también que el Día de Reyes me despertaba emocionado y al mirar debajo de la cama, siempre había algo. Recuerdo que nunca lo que hubo debajo de la cama era lo que pedía; nunca encontré un libro, un cuadro o un microscopio. Recuerdo que la ilusión no se detenía y a pesar de que lo que llegaba no era lo que pedía, me sentía especial porque los Reyes Magos no se olvidaron de mí y de mi hermana. ¡Siempre llegaba algo! Recuerdo que la mayoría de las veces, lo que nos llegaban eran simples regalos que habíamos visto en alguna vitrina de las tiendas de Yauco cuando visitábamos a madrina Carmita y a titi Betsy. ¿Cómo sabían los reyes comparar en esas tiendas? ¿Cómo nadie nunca los veía recorrer el Paseo del Café en el centro del pueblo? Nunca se me ocurrió preguntar; o quizás pregunté pero no recuerdo.

Recuerdo también que el Día de Reyes, luego de abrir nuestros regalos y de compartir la emoción, nos montábamos en cualquiera que fuera el carro que mi papá tenía esa semana y nos dirigíamos al barrio Guayo, a casa de mi abuelo Quino y mi abuela Margot. Allí, junto a mis primas y primos, esperábamos por la cabalgata de Reyes Magos que siempre pasaba por la casa. Era parte de su ruta hacia el parque en Castañer, donde el Hospital General recibiría a todo el niñerío de Castañer para repartir regalos y dulces y para que disfrutáramos de este día mágico. Recuerdo que cuando los Reyes cabalgaban frente a casa de abuela y abuelo, nos tiraban dulces desde sus caballos. ¡Qué emoción sentíamos! ¡Qué maravilla el ver los Reyes, los Tres Santos Reyes Melchor, Gaspar y Baltazar, pasar justo frente a casa de abuelo y abuela! La cabalgata seguía por la carretera paralela al río Guayo, la misma carretera que pasaba por el Hospital Viejo y que llegaba al puente Cifontes y cruzaba de Adjuntas a tierras de Lares. Recuerdo cómo en ocasiones seguíamos la cabalgata hasta el parque de béisbol en Castañer. En ese tiempo no había plaza pública en el poblado, solo unos inmensos árboles de maga entre la escuela elemental y las tiendas del otro lado.

Recuerdo cómo nos arremolinábamos para recoger nuestros regalos de Reyes Magos del camión que el Hospital rentaba para traerlos. No había una niña o un niño en Castañer que se quedara sin regalo. En un poblado tan pequeño, todo el mundo se conoce y Mingo Monroig, el administrador del hospital, conocía cada familia, cada niña, cada niño y adolescente de Castañer. Recuerdo que después que los regalos se repartían, empezaba la música y el jolgorio, porque las Navidades no han terminado todavía el 6 de enero. ¡Qué va! Las Navidades están en todo su esplendor todavía y después del Día de Reyes vienen las Octavitas y continúan las parrandas. Recuerdo cómo seguíamos jugando con nuestros juguetes por varios días. Recuerdo que la escuela no comenzaba sino hasta mediados de enero porque había que darle espacio al estudiantado a jugar con sus regalos de Reyes Magos.

Ahora, también recuerdo cuando todo comenzó a cambiar… Pero esos son recuerdos que prefiero no tener hoy. Hoy, seguiré recordando el Día de Reyes Magos con la ilusión del niño que fui y que todavía se emociona cada vez que viene el 6 de enero. Seguiré recordando los regalos y la yerba y los primos y la familia y la cabalgata y el parque lleno de bache donde celebrábamos. Seguiré recordando a Guayabo Dulce y a Guayo y a Castañer. Seguiré recordando los cafetales y el rio Guayo y el puente Cifontes y la casita sin terminar y la cuna convertida en cama. Seguiré recordando que el Día de Reyes es mi día favorito del año y el que más me gusta de las Navidades. Seguiré recordando que, aunque esté lejos y ya no tengo ni tiempo de celebrar este día, el Día de Reyes Magos me hace el boricua que soy.

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Carta Abierta a la Legislatura PNP de Puerto Rico

Quiero decir esto públicamente con la esperanza de que llegue a los oídos de los legisladores y las legisladoras PNP de Puerto Rico.

¿Han leído alguna vez las Constituciones – de EEUU y Puerto Rico – que juraron defender? Creo que no. Lo más probable es que sean medio analfabetas, porque la verdad que sus acciones no son de personas que tengan una mínima educación. Alguien que sepa leer, no haría las burradas que están haciendo.

Las iglesias – o cualquier otra institución religiosa – tienen todo el derecho de negarle el rito matrimonial a cualquier pareja. (Si esto es “moral” o no es otra cosa. Pero no entremos en eso.) Las Constituciones explícitamente prohíben al Estado el determinar la teología, creencias y prácticas de las religiones. Eso es lo que se llama “separación de Iglesia y Estado”. Les pongo un ejemplo sencillo: la Iglesia Católica Romana NO casa a personas divorciadas cuyo matrimonio anterior no haya sido declarado nulo por un Tribunal Eclesiástico (claro, con las ya sabidas exepciones del Arzobispo de San Juan casando a la Sra. Sila María Calderón o a la Sra. Olga Tañón, ambas divorciadas cuando caminaron por el pasillo de la Catedral en sus trajes blancos.) Este derecho está en la Constitución: es la Iglesia, no el Estado, quién determina lo que es “matrimonio” para quienes pertenecen a esa tradición.

Por otro lado, hay iglesias que definen el matrimonio como la unión de CUALQUIER dos personas. Estas iglesias ofrecen el rito matrimonial a cualquier pareja – dos hombres, dos mujeres, o un hombre y una mujer. Esa es prerrogativa de la Iglesia gracias a la separación de Iglesia y Estado. Como dije, esto está en las Constituciones que ustedes, queridos legisladores PNP, no han leído.

Finalmente, NADIE puede obligar a un ministro, sacerdote, pastor, etcétera, el llevar a cabo un matrimonio entre dos personas que el líder religioso no crea que estén preparadas para entrar en esta unión.

Todo esto quiere decir lo siguiente, queridos legisladores analfabetos: su gran idea de someter legislación para “protejer” a ministros o más bien, para PROHIBIR a ministros seguir su conciencia con relación al matrimonio, es una intromisión INCONSTITUCIONAL en determinar la teología de las iglesias. Es similar a querer legislar a quién pueden o no pueden las iglesias bautizar, ordenar, hacer funerales, invitar a predicar…

Como ministro, me da terror el pensar que la teología de cualquier iglesia pueda ser determinada por cualquier legislatura, es especial una donde ninguna persona tiene la más mínima educación teológica.

Más está decir que la reciente decisión del Tribunal Supremo de EEUU no cambió en nada la definición del matrimonio en ninguna iglesia. Cada iglesia seguirá definiendo “matrimonio” de acuerdo a su interpretación de las Escrituras que determinen sagradas. Sin embargo, es entendible que ustedes, ignorantes legisladores, hayan creído la mentira que tanto repitieran los grupos fundamentalistas puertorriqueños. Tanto repetir la mentira de que una decisión que no tiene nada que ver con teología iba a afectar sus iglesias, ha creado la ilusión de que es verdad esa mentira. Pero no, nada ha cambiado. Lo único que ha cambiado es que ahora las iglesias tienen que explicarle mejor a sus feligreses – en especial a los más jóvenes – porqué excluyen del rito matrimonial a algunas personas. Ese era el único miedo que tenían los líderes religiosos. Pero, de nuevo, eso serán temas teológicos que cada iglesia te drá que enfrentar por su cuenta.

Ahora, queridos ignorantes legisladores PNPs, espero que dejen de tratar de meterse en temas que no les importan y de los que no tienen idea – en este caso, teología – y se pongan a buscar la forma de trabajar junto al otro grupo de idiotas que tienen por compañeros a ver si hacen algo para sacar a la Isla del hoyo que ustedes mismos – penepés y populares – la han metido.

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Yo también soy puertorriqueño

Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Todo Cambia, Julio Numhauser

       Hace quince años, más o menos – con una pequeña interrupción en el 2011 – vivo en los Estados Unidos. La mayoría de este tiempo la he pasado entre estudios y trabajo. Ambos – tanto estudios como trabajo – han sido por lo general en contextos angloparlantes. Como estudiante, pasé cuatro años en la escuela graduada de teología, sumergido en clases todas en inglés, con libros en inglés – aun cuando el curso podría ser sobre teología latinoamericana –, escribiendo ensayos en inglés y asistiendo a servicios religiosos en inglés. Durante el tiempo que trabajé como pastor de congregaciones, la mayoría de estas congregaciones fueron angloparlantes. Aquí también tuve una interrupción, puesto que serví una congragación hispana en la ciudad de Nueva York. En esta congregación – y es importante que señale esto – la mayoría de las personas eran ecuatorianas, con una buena dosis de bolivianos, puertorriqueños, colombianos, cubanos, guatemaltecos, hondureños, peruanos y una persona mexicana.

Cuando era pequeño, recuerdo que a quienes se iban de Puerto Rico y regresaban eran vistos casi como “traidores a la patria”. Nadie decía nada abiertamente, es cierto, pero se les trataba como tal. “Ya te ves más blanca que una gringa”, le decían a algunas de mis tías cuando visitaba el poblado Castañer donde crecí. “¿Se te olvidó tan rápido el español?” le preguntaban a mis tíos que llevaban más de veinte años viviendo en Illinois o Nueva Jersey. “¿Es que no le enseñan español a esos nenes?” le preguntaban a tíos y tías cuando sus hijas e hijos batallaban para comunicarse con lo que aparentaba ser su poco vocabulario en español. Todas estas actitudes eran las que veía en mi propia familia. Pero estoy seguro que existían en otras familias también.

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Por mi parte, siempre pensé que irse de la Isla era como una traición. Sí, yo también lo pensaba. ¿Por qué se va la gente de este paraíso? ¿Por qué se retiran como si no pudieran hacer nada por este país y luego vienen con acentos, ropas diferentes, creyéndose más boricuas que aquellos que nos hemos quedado y queriendo tener injerencia en asuntos internos de la Isla que dejaron atrás? De verdad que no comprendía por qué las personas que salían de la Isla querían regresar con opiniones políticas y sociales; con expresiones culturales que eran ya irrelevantes a la realidad del momento en Puerto Rico; pero más que todo, con ese acento que ni era del todo español “boricua” ni inglés bien hablado. Me irritaba. Como siempre me he identificado como independentista, pues me irritaba más, porque pensaba que quienes se habían ido, no deberían tener la oportunidad de reclamar su puertorriqueñidad.
Eso es, hasta que me tocó a mí. Ahora soy yo quien está en el otro lado del discurso, como receptor de las críticas de amistades y enemistades que me piden que me quede callado cuando asuntos políticos, económicos, sociales y demás vienen a ser discutidos en el foro público puertorriqueño. Ahora soy yo de quien se burlan por un acento que algunas personas llaman “neutral” y que otras a quienes les interesa menos esconder su xenofobia llaman “mexicano”. Ahora es de mí de quien se dice que estoy “engringado” porque se me olvidan palabras y conceptos en el idioma de Cervantes y a veces mezclo el español con el inglés como la cosa más natural del mundo pero que es una aberración a los puristas boricuas que no pronuncian las “s” al final de las palabras y que arrastran las “r” como si estuvieran hablando francés, o, en la mayoría de los casos, las cambian por “l” aunque morfológicamente esté incorrecto…
Hay algo que entiendo ahora y que no entendía cuando era parte de los puristas puertorriqueñistas: la puertorriqueñidad – o cualquiera que sea la nacionalidad u originalidad de la persona – no tiene que ver con residir en el lugar, sino con las raíces que te unen a ese lugar. Por eso fui, soy y seguiré siendo puertorriqueño, con mancha de plátano incluida, no importa dónde resida ni cuánto tiempo pase fuera de la Isla. Como cantaba Mercedes Sosa – la argentina que vivió en el exilio en Francia y Esapaña hasta que pudo regresar a su amado país -: “Cambia, todo cambia; Pero no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor, de mi pueblo y de mi gente.” Y que valga decir que la canción fue escrita por un chileno, Julio Numhauser, quien también ha vivido en el exilio en Suecia desde que tuvo que abandonar su país durante la dictadura. Sí, todo cambia, pero no cambia el amor, el recuerdo, el interés, la pasión, el anhelo de mi gente y del país que me vio nacer y crecer. Miles de millas nos pueden separar, pero mi puertorriqueñidad no me la quita nadie; ni la realidad en la que vivo, ni los puristas puertorriqueñistas en la Isla.
Ciertamente, no fue la violencia militar la que me hizo salir de Puerto Rico. Al usar a Sosa y a Numhauser no quiero decir que mi situación haya sido idéntica. No lo fue. Aunque sí tuvo que ver la política con mi exilio. Pero lo que quiero demostrar al utilizar estos ejemplos es que toda persona que por cualquier razón deje a su patria para instalarse en otro lugar, sufre tanto de añoranza por su pueblo como de rechazo por parte de quienes, por cualquier razón, se han quedado.
Los medios de comunicación sociales nos permiten tener contacto constante con los países que hemos dejado. Esto también hace que nos mantengamos acercados a situaciones sociales, económicas, políticas y demás en nuestros países de origen. Si queremos aportar al discurso público en nuestros países, ¿por qué impedírnoslo? ¿Qué nos hace menos puertorriqueñas o puertorriqueños? ¿Quién dice que hemos dejado de interesarnos en el presente y el futuro de nuestra tierra? Los gobiernos (y no solo el de Puerto Rico) contrata servicios de consultoría de países extranjeros todo el tiempo. Esto lo hacen porque a veces el tener una perspectiva diferente, “desde afuera”, puede ayudar inmensamente en el desarrollo interno. Entonces, ¿por qué demandar que nos callemos quienes vivimos fuera de la tierra Borincana? Nuestra experiencia de vida en la Isla y fuera de ella es, creo yo, necesaria para el desarrollo del país. Esto no quita validez ni peso a las opiniones y las acciones de quienes todavía viven en Puerto Rico. Por el contrario, las fortalece.
Además de nuestra esto, lo cierto es que en el mundo globalizado en el que vivimos, todas las personas podemos hacer público nuestro sentimiento y nuestras posiciones con respecto a cualquier cosa de cualquier país. El hecho de que somos de un lado, de que vivimos en otro y de que hablemos diferentes idiomas no significa que no podemos entender la realidad de otros países u otras sociedades. Si no, ¿por qué tanta gente en Puerto Rico tiene opiniones e ideas de lo que debe hacerse en el Oriente Medio? O sea, según quienes nos critican por proponer ideas sobre la realidad actual de Puerto Rico, quienes vivimos fuera de la Isla “no tenemos vela en ese entierro”, pero lo mismo no le aplica a quienes viven en la Isla y tienen ideas de qué debe hacer el gobierno de Siria y las guerrillas ciudadanas. ¿Lógica etnocentrista?
Hay otro punto al que hice referencia al principio y quiero retomar; el acento. Quien ha salido de la burbuja San Juan-Bayamón-Guaynabo-Caguas (¡y mira que hay muchas personas que nunca han salido de allí!) sabrán que cada rincón de la Isla tiene su acentito. Unos más y otros menos, pero todos tenemos un acento regional. Recuerdo que cuando pequeño mi hermana y yo nos reíamos con la forma “cantadita” de hablar de nuestra familia de Morovis. ¡Morovis! Otro pueblo montañoso no tan diferente de Adjuntas donde crecí, pero con sus regionalismos y hasta su propio acento regional.
Tanto el jíbaro del campo como la señora de la loza tienen su acento particular. Cuando el jíbaro se muda pa’ la loza y la señora de la capital se muda pa’l campo, sus acentos pueden cambiar. El jíbaro comienza a pronunciar la “s” al final de la palabra mientras que la doña comienza a arrastrar la “r”. Eso pasa todo el tiempo. Es parte de una cultura en movimiento. Es parte de vivir en un mundo donde estamos en cada momento interactuando unas con otras. Cuando los horizontes se ensanchan y ya no es solamente salir de la loza pa’l campo, sino de un país a otro, es también posible que los acentos cambien. Esto no quiere decir que todo el mundo cambia su acento. No. Algunas personas, por cualquier motivo, lo mantienen. Otras, sin embargo, cambian. Es parte normal de las interacciones humanas.
Como dije al principio de este ensayo, estuve al frente de una congregación que era mayormente ecuatoriana. El transporte público, para mí, es guagua. Así que, en puertorriqueño, yo digo “coger la guagua” para referirme a la acción de tomar el transporte público para ser transportado de un lugar a otro. Pero hay algo importante en las relaciones internacionales y el uso del español… En Ecuador, “guagua” es niña pequeña, mientras que “coger” tiene, además de la acepción de “tomar”, otra acepción, que es de naturaleza sexual. Lo que para mí es una acción normal del día a día, para un ecuatoriano es una vulgaridad. ¿No es responsabilidad de un buen líder el adaptarse a la comunidad que sirve? Entonces, debo adaptar mi español a la comunidad que me circunda. Esto no me ha hecho menos puertorriqueño ni me quita el deseo de estar involucrado en la realidad política, social, económica y demás del país al que me siento unido.
El acento no me define como puertorriqueño; como tampoco define mi puertorriqueñidad el lugar donde vivo, mi sexualidad, mi color de piel, mi educación, mi sexo, mi género, mi posición social, mi trabajo, etcétera. Mi puertorriqueñidad no depende de cómo la definan quienes se han quedado en la Isla. Tampoco depende de cómo la definamos quienes hemos salido o quienes nunca la han visitado (hay puertorriqueños y puertorriqueñas que han nacido en Estados Unidos u otros países que también se interesan en la realidad de la Isla.) Mi puertorriqueñidad y cuánto quiero involucrarme en las discusiones de la realidad isleña la defino yo. Me interesa seguir leyendo, aprendiendo, escuchando, opinando sobre la realidad de la Isla. Me interesa seguir poniendo mi granito de arena en el desarrollo social, político, económico de Puerto Rico. Me interesa porque amo a mi Isla y no importa cuánto cloro los puristas puertorriqueñistas me quieran tirar, la mancha de plátano no se me va a quitar. ¡Yo también soy puertorriqueño!

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I Have An Accent… Get Over It!

It was the first board meeGlobe_of_languageting of the year for a large, international organization. As there were going to be new members for the board, it was needed to go around and introduce ourselves. There were people from the four nations where the organization has a presence plus individuals from other nations who reside in one of the four nations represented. Everyone was sharing their names, location, and their job. It was right there when it happened…

With no hint of irony in her voice, the white, middle age, college-educated woman states that she lives in one of the places that was taken first from the native inhabitants and then from the nation to the south. Proudly she tells her audience – an international audience – that she “teaches foreign students how to lose their accents so they can get jobs” in the United States. Yup. Right as you read it. Immigrants who had spent years of education, who probably speak more than one or even two languages, needed this woman’s help to lose their accents so they could get in with the system.

I looked around for the reaction of my fellow immigrants and non-white colleagues, and, unsurprisingly, we all cringed a little. What this woman was saying, unconsciously, is that our accents make us look dumb, uneducated and unprepared for the professional challenges that jobs in this country offer.

Not long ago, something similar happened to me as I was about to take a new position and someone suggested that the organization paid for a coach who would help me lose my accent. (Full disclosure: I was not informed of this until after I had accepted the position, which caused much pain as I worked there.)

The USA culture states that, no matter how ethnically diverse the country is, those of us who have kept our accents from our mother tongues do not quite belong. For some immigrant communities this has meant that their ancestors’ languages have been lost because the parents are worried their children might not be able to find work or succeed in life. Interestingly, the culture has also incorporated words from other languages into the US English. Think, for instance, about words such as Kindergarten (German), pierogi (Polish), mesa (Spanish), bouquet (French), Brooklyn (Dutch), finale (Italian), tycoon (Japanese) and shtick (Yiddish), just to name a few. Other languages are part of the US culture, but nobody wants to acknowledge it. Moreover, if those of us who emigrated here from other countries with a different language use our own languages to communicate or express ourselves in English with an accent, then we are scolded for it.

Yet, nobody pays attention or asks Australians, South Africans, Jamaicans, New Zealanders, Trinidadians or British to lose their accents. Why?

It is true that communication is extremely important in academic and professional settings. (The personal settings are a bit different due to the familiarity of the people involved.) However, our accents and language backgrounds should not dictate our – the immigrant’s – capabilities to do the work. Being able to speak a language different than English does not mean that we have less education, less knowledge or less professional abilities. It only means that our education was in a language that was comprehensible to us as we grew up and became professionals. In fact, nobody questions the intelligence of English-speakers when you come to our countries and often times refuse to learn at least basic phrases to communicate with the people who live there.

Here are three other things that US Americans need to understand about people who speak other languages. First, most of us do speak English. Our accents only mean that English is a second, third and sometimes even fourth language (I had a seminary professor for whom this was the case, where English was the fourth language he learned.) The use of English along our own mother tongues only points to the fact that we are bi- or multi-lingual. How many languages you, English-speaker, are able to read, understand and speak?

Second, the truth is that every chance we have, we use to learn how to pronounce words, how to expand our vocabulary, and how to find the correct way to use your language in all contexts. Have you thought how difficult it is for a foreigner who was only exposed to “proper” English to figure out some of the common idioms and day-to-day phrases of your language? Take, for instance, “cut the mustard”. I know what the verb “cut” is, and I know that “mustard” is a condiment. How in the world am I supposed to know that “cut the mustard” means “to succeed”?! My mental references for mustard do not even allow for cutting! Mustard, as a seed, is too small to be able to be cut, and as paste, there is no need to be cut as it spreads. Do you follow my thoughts? (There’s another one!) I can tell you, from my personal experience, that I even take time to listen and practice pronouncing a word over and over and over again trying to find the correct way to pronounce it.

Third, there is the issue of pronunciation and hearing. You, who grew up listening to words in your language all the time, might be able to catch the subtle difference between “leave”, “live” and “leaf” but, trust me; it all sounds exactly the same to me! I need to pay attention to the context in which you used these words to find which one you used. How hard it is for you to do the same exercise? All of this is tiring, but it is exactly what non-English speakers have to do every day of our lives in this country (and what English-speakers have to do every day if they live in countries outside of the English-speaking world.)

There are two final thoughts I want to share with all of you. First, is the issue of regional accents within the United States. Most people fret about and want to change the accent of foreigners, but you seldom hear about changing the accents of people from different regions within the country. There are not-too-small differences between the accents of an Alaskan, a West Virginian from the mountains, a person from Brooklyn and one from Massachusetts. Yet, nobody will dare recommending that we all come to an agreement about speaking with the same “standard” English accent. Why? Because there is no such thing as a standard accent in any language! All languages have regional differences! Hence the ridiculous idea of asking British, Jamaicans, Australians, South Africans and Trinidadians to change their accents… they all speak English with regionalisms and it is a matter of adapting our ears to those regionalisms in order to understand each other.

Finally, my accent is, to me, a point of pride. It tells me that I speak more than one language, that I am able to communicate with more people than mono-lingual persons, and that I bring with me to this country a history. It defines who I am at this moment of my life and it makes me feel part of the global community, not just of a small community of either people of the United States or people of Puerto Rico. I can drive through the northern border of the USA and make myself understand just as I can cross the southern border and still engage in conversations. (Unfortunately, I do not speak French; therefore any visit to Quebec would be an adventure… And one that I would gladly welcome!)

My best advice to those who complain about my accent, or about any accent for that matter? Get over it.

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Seeing God in Abuela

When my father and my mother forsake me, then the Lord will take me up.
Psalm 27.10, KJV

My abuela Palmira left this world on March 30th, 2014. She was the last one of my grandparents to leave us. I had been blessed with three sets of grandparents as my father had two sets of parents, his birth parents, abuelo Quino and abuela Margot, and the couple of welcomed him into their family when he was quite young and working away from his hometown, abuelo Jobito and abuela Ester. My maternal grandfather, abuelo Juanito, left us when I was 8 years old but I still remember him very well. Every Sunday afternoon, when the family gathered at their home, he would sit on his rocking chair and tell us funny stories that would make us laugh for hours. Abuela Palmira would stand next to him and laugh with all of us.

Abuela Palmira   There was something peculiar about my maternal grandparents. They practiced Spiritism, a religion in which every human being is of sacred worth and where spirits guide us to be in communion with the Great Spirit that is sometimes called God. At their home, everyone was welcomed and celebrated. They never rejected anyone. My grandparents believed in serving everyone and in welcoming everyone without distinction. Although I was too young when my grandfather died and thus not even aware of my own sexual orientation, I know that my grandfather would have accepted me and celebrated me. My grandmother, however, had the chance to know who I am as a whole person and she always, without doubt and without excuses, celebrated me for who I am.

When I think about abuela Palmira, the verse that always comes to mind is that of Psalm 27.10: “When my father and my mother forsake me, then the Lord will take me up.” When my parents rejected me for being queer, it was abuela who welcomed me. She always supported me and celebrated my life. When I introduced her to my now husband, I was told that she spent months telling everyone who would listen about the wonderful man I had met. Recently, while talking with an aunt, she told me how they found among abuela’s personal items the wedding invitation I had sent her for my marriage. I knew she would not be able to attend my wedding due to health problems, but she had kept that invitation as an important memento. Through these actions, I can say that abuela embodied the Holy One in my life. Thus, when my parents disowned me, God took me up through the love, support and affirmation of my abuela Palmira.

The Sunday before abuela departed this world, my husband and I spent time with her. We had been in Puerto Rico for vacation, and of course I had to go visit abuela. She made us laugh with her witty remarks. This was abuela. She was always making jokes and laughing about things, even when her health wasn’t the best, she always found joy in living. I am not naïve to say that she was perfect, because none of us are. She had her flaws and made mistakes like the rest of us. But her love and support meant the world to me, and it is those values that will stay with me throughout my life. Her love, her support, her laughter that last time I saw her will always be the manifestation of God in my life. I will keep her memory alive as long as I live and I will always share with the world the values that she shared with me.

Abuela Palmira, you are now gone from us, as you would have said, you are now “unfleshed”, but your spirit will continue to guide me just as the spirit of abuelo Juanito has never left me. Gracias por todo, abuelita.

 

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Cheo y Gabo se encuentran

… y de repente se acercó, caminando lentamente las escaleras hacia la eternidad. Fue en ese momento cuando escuchó desde lejos la voz aguda diciéndole, “¡Familia! Pero, ¿y desde cuándo anda usted por acá?” El viejo alzó la mirada entre las nubes y pudo ver el hombre negro unos escalones más arriba. Su sonrisa era inconfundible. Definitivamente era él. El viejo le dice al hombre, “Amigo, acabo de cruzar las puertas de entrada. No sabía que te me habías adelantado. ¡Qué bueno verte por acá!”

Ambos comenzaron a platicar como amigos de siempre, a pesar de que en realidad no se habían conocido en persona nunca. Pero algo más fuerte que el haberse conocido los unía. El arte. El arte los unía en la vida y en la eternidad. El uno le dice al otro, “Amigo, cuántas veces llenaste de alegría las noches de mi casa. Allá cuando mi esposa y yo escuchábamos en solitario tus baladas. La salsa no era para nosotros. Pero esas baladas. Esa pasión. Esa dulzura de tu voz y el sentimiento con el cual cantabas.”

El otro se sonrío. Con esa sonrisa que siempre le caracterizó. Y le dice al viejo, “Pues fueron muchas las noches que disfruté de tus letras. Precisamente en Macondo. Allí donde tú creaste y yo viví. Tus sueños fueron mi realidad. Tus letras eran las vidas mías. Cien años pasé en la soledad de tus letras. Algunas hasta me inspiraron las canciones. Gracias, hermano. Gracias.”

Y entonces se confundieron en un abrazo. Lloraron por haber dejado a la gente que amaron atrás. Lloraron por sus pueblos, que son un pueblo. Lloraron por Puerto Rico y por Colombia, por México y por Cuba. Su amada Cuba. La isla esmeralda que ambos compartieron y que tanto amaron. Lloraron por las letras y por la música. Lloraron por el pasado de sus pueblos y por el presente que aun viven. Lloraron por las maravillas que dejaron atrás y por las hermosuras que todavía hubiesen disfrutado. Pero después de llorar y de abrazarse, comenzaron la larga jornada hacia la eternidad. Se contaron historias y se cantaron canciones. Se imaginaron que los pueblos que dejaron atrás seguirían escribiendo; escribiendo canciones de amor y de regocijo, escribiendo cuentos y leyendas. Se imaginaron que los pueblos que dejaron atrás seguirían amando y cantando, porque en la vida hay amores que nunca, ni en cien años de soledad, se pueden olvidar. 

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El Peligro de la Educación

(NOTA: Este es un artículo extenso, como respuesta a los discursos públicos en Puerto Rico con respecto a las leyes propuestas que protegerían a las comunidades LGBT de la Isla. Por favor, tomen el tiempo para leerlo, no lo lean a prisa. Es un ensayo socio-teológico, no solamente un artículo de opinión.)

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Cuando entré en la adolescencia comencé a sentir un dolor horrible en mi rodilla derecha. La verdad es que no había razón para ello. Nunca he sido deportista. No me había lastimado. Sólo me dolía la rodilla. Preocupada, mi madre me llevó a la pediatra. Después da varios exámenes, la pediatra llegó con su diagnóstico. “Mayi,” le dice la pediatra a mi mamá, “lo que tu hijo tiene no es nada grave. Es solo que está creciendo. Esos dolores son normales. Es parte del proceso de crecimiento.”

Nunca me voy a olvidar de este incidente. De hecho, en más de una ocasión esta historia me ha servido para mis sermones. El proceso de crecimiento duele. Crecer implica cambios y transformaciones que en ocasiones pueden ser dolorosas. Algo así es lo que pasa con el proceso de educación.  Si se toma en serio, la educación no es algo de un solo día. La educación es – o debería ser – un proceso de aprendizaje continuo que, de una manera u otra, conlleva transformación y por ende, un poco de dolor e incomodidad. He ahí donde está el peligro de la educación…

Debo aclarar que “educación” e “instrucción”, aunque pueden utilizarse coloquialmente como sinónimos, no lo son. La instrucción es una forma de enseñanza en la cual se adiestra para un propósito en particular. Por ejemplo, podemos obtener instrucción de cómo armar un aparato electrónico. Para armar dicho aparato, no necesitamos saber el porqué, solo necesitamos el dónde van las piezas y ponerlas en su lugar. Una persona instruida sabe crear algo. La instrucción es muy importante en el campo laboral, puesto que nos ayuda a llevar a cabo nuestras tareas y producir resultados. De hecho, toda disciplina requiere de instrucción.

Pero la educación es más que instrucción. La educación es un conjunto de conocimientos que nos permiten interactuar en la sociedad. La educación no solamente instruye a un individuo a llevar a cabo una tarea sino que nos ayuda a entender el contexto en el cual esta tarea se lleva a cabo.

Les comparto dos ejemplos de cómo la instrucción y la educación van de la mano pero son diferentes.

Digamos que una ingeniera civil quiere hacer un puente que cruce de un lado del río al otro. La ingeniera tiene la capacidad de diseñar el puente. También puede ella determinar los materiales a utilizarse, los procedimientos necesarios y las dimensiones del proyecto. Su instrucción le permite hacer todo esto. Pero digamos que esta ingeniera no tuvo educación, solo tuvo instrucción. ¿Para qué es bueno ese puente? ¿Sólo para pasar de un lado al otro? ¿Cuál es la razón por la cual se quieran conectar un lado del río al otro? ¿Qué beneficios traerá este puente?

En su educación – probablemente universitaria – esta ingeniera fue expuesta a una educación comprensiva. Durante sus años de estudio, ella tomó cursos no solamente de diseño y materiales, sino que tomó cursos de economía y sociología, de historia y de redacción.

Podrás preguntarte – como se preguntaban muchos/as de mis compañeros/as de estudio – el porqué es importante tener todos esos “cursos irrelevantes” en el currículo universitario. Pues vayamos de regreso a las preguntas que cito arriba. ¿Por qué hacer el puente? Puede ser que hayan razones económicas: un lado del río tiene las fábricas mientras el otro tiene las tiendas que venden los productos. Esto es economía, no ingeniería ni química. ¿Dónde hacer el puente? Pues en el lugar más accesible para la población (demografía), pero suficientemente apartado como para no disturbar las sociedades expuestas al mismo (sociología) ni el medio ambiente (ecología). ¿Por qué hacerlo hoy y no esperar unos años? Porque el movimiento de personas al área lo requiere (historia). ¿Habrá dinero para construirlo? Pues una buena presentación a las compañías inversionistas (redacción) podría convencerles de que es necesario (retórica).

En fin, que la educación comprensiva a la que la ingeniera se haya expuesto le dará las herramientas para llevar a cabo su labor.

Ahora, permítanme compartir otro ejemplo más personal.

Mi profesión es el ministerio. O, en español sencillo, soy pastor de iglesia. Contrario a lo que muchas personas piensan, el pastor o la pastora no es – o no debería ser, como muchas personas que hay por ahí – un títere de Dios. Si bien es cierto que para quienes practicamos el ministerio “el llamado” es importante – o sea, nuestro sentido de que la Divinidad nos ha extendido una invitación al ministerio – también es cierto que es necesario obtener una educación comprensiva para ser un ministro o una ministra efectiva.

O sea, podemos tener una buena instrucción de cómo predicar. Pero eso es solo uno de muchos aspectos del ministerio. Un pastor o una pastora educada, también entenderá la historia de la fe (historia y humanidades), el contexto sociológico en el cual los textos sagrados fueron escritos (sociología y antropología), las características de la congregación a la que sirve (antropología, economía y demografía), etcétera. Pero también debe el ministro o la ministra tener conocimiento de la sicología y la biología – ¿está una persona con depresión porque perdió un ser querido o lo está porque tiene una condición de desequilibrio hormonal o de problemas químicos de los neurotransmisores dentro del cerebro? Además, tenemos que tener en cuenta aspectos económicos y financieros (¿cuánto se puede hacer con los recursos que contamos?) ¡Y todo esto es solo el comienzo!

Una educación comprensiva, contrario a una instrucción, lleva a tomar todo lo que tenemos alrededor en consideración. Pero además, la educación comprensiva trae consigo el “peligro” de que tengamos que cambiar de parecer de acuerdo a los datos nuevos que nos lleguen. O sea, que cuando se presentan nuevas alternativas, o se presentan nuevas realidades, debemos aceptarlos y utilizar los mismos para tomar nuevas decisiones. Hay ocasiones en que estas decisiones serán diferentes a las que en un momento pensamos que eran las únicas que debían tomarse. Esto, por supuesto, trae consigo el “peligro” de transformación, de cambio, de dejar atrás las cosas que conocemos y que nos hacen sentir cómodos para poder movernos hacia adelante.

En días recientes el debate público en Puerto Rico ha traído a la luz el peligro de la educación. Pero aun más, este debate ha demostrado que muchas personas que se autoproclaman “líderes” – ya sean políticos, comunitarios o religiosos – no tienen el deseo de exponerse a una educación. De hecho, ellos y ellas parecen estar conformes con su instrucción y han tomado la decisión de dejar de crecer como individuos y como miembros productivos de la sociedad. Prefieren, estos “líderes”, mantenerse enajenados y enajenadas de los datos y las nuevas realidades que el resto de la sociedad vive.

Lo más desafortunado es que, junto a sus posiciones erróneas, han tratado de arrastrar a una masa de personas que también han tomado la decisión de dejar de aprender. Y no digo que esta masa sea la mayoría. No lo creo. De hecho, sé – porque he sido parte de la facultad de una universidad en la Isla – que hay muchas personas que atesoran la educación y que la saben importante dentro de su necesidad de instrucción para ejercer diferentes profesiones.

Ahora, les comparto algunos datos específicos de las ridículas ocurrencias que han pasado durante los debates públicos en Puerto Rico.

Comencemos con la falta de educación de la legisladora que llamó – y sigue llamando – “orientación sexual” a la pedofilia y al bestialismo. Esta legisladora aprendió a ejercer una profesión (se instruyó), en su caso, la abogacía. Como no conozco su record con respecto a su profesión, digamos que es buena abogada. Digamos que representó a sus clientes de manera justa y profesional. Digamos que ganó varios casos y que perdió otros, como cualquier otra persona ejerciendo su profesión. Su instrucción le ayudó a ejercer la abogacía y hasta le ofreció herramientas para convencer al pueblo de que era la mejor candidata para ocupar un puesto público. Desafortunadamente, a esta legisladora no le interesa la educación. Como la educación implica transformación y por ende, un proceso de dolor al dejar atrás creencias, mitos, prejuicios y mores que han estado integrados a nuestra psiquis cultural, la legisladora ha preferido ignorar los datos, las realidades y los argumentos que se le han presentado tratando de corregir sus errores. No ha podido la legisladora reconocer su error y APRENDER, exponerse a una transformación y a un crecimiento. Así que sigue ella en su ignorancia y haciéndose la víctima.

¿Qué se puede hacer con un caso como el de esta legisladora y de otros y otras personas que pertenecen a la élite política del país? En su caso, esperar unos años para presentarla de nuevo ante las masas educadas de los y las votantes.

El segundo caso es más peligroso. Este es el caso de una señora que se autoproclamó “apóstol” y que dirige una congregación bastante grande en la Isla. Digo que este caso es más peligroso por varias razones. Primero, como pastor y teólogo, veo crasos errores teológicos en las enseñanzas de esta señora. Segundo, porque esta señora no tiene educación teológica ni entrenamiento profesional, por lo que ha estado poniendo en peligro la salud emocional y espiritual de miles de personas que han pasado por su congregación. Tercero, porque esta señora ha estado teniendo un protagonismo tremendo y controlando los medios de comunicación, dando una perspectiva errónea de quienes nos dedicamos al ministerio y de quienes hacemos teología, no sin señalar el daño que le hace al pueblo al no querer reconocer sus errores.

Cualquier persona puede ser entrenada (instruida) para predicar. Esto es fácil. Pero no toda persona tiene el deseo de aprender y educarse en el ministerio. No quiero entrar en muchos detalles porque ya este ensayo está suficientemente largo. Pero les dejo con varias observaciones teológicas que desmienten las posiciones de la señora que se autoproclama “apóstol”.

¿Puede alguien proclamarse “apóstol” hoy día? Según las Escrituras Cristianas – las mismas que esta señora demuestra que no ha leído – la respuesta es un rotundo NO.

¿Cuáles, pues, son los requisitos para ser apóstol? Pues son tres. Primero, haber estado con Jesús durante su ministerio y haber sido testigo de su resurrección (Hechos 1.12-26 y 1 Corintios 9.1) Y le cito esta parte de la Biblia Reina-Valera 1960 que esta señora dice que vino directa del cielo – “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.” (Hechos 1.21-22, esto ocurre cuando los Apóstoles se reunieron para escoger el sucesor de Judas Iscariote.) Segundo, un apóstol debe haber sido llamado o llamada directamente por Jesús u por el Espíritu Santo para tal trabajo (Mateo 10:1-15; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16; Juan 20.1-18 [este es el llamado y la encomienda a María Magdalena, quien también fue apóstol en todo el sentido de la palabra]; Hechos 1:12-26; 9:1-19; 22:6-21; 26:12-23). Finalmente, los y las apóstoles tenían el poder de hacer milagros (Macos 3:15; 16:17-20; Lucas 9:1-2; Juan 14:12,26; 15:24-27; 16:13; Hechos 2:43; 4:29-31,33; 5:12,15-16; 6:6; 8:14-18; 19:6; 2 Timoteo 1:6; Romanos 1:11; Hebreos 2:3-4). Esta lista de versículos que hablan tan claramente de las características de un apóstol nos da la certeza de que la señora que se ha autoproclamado “apóstol” nunca ha abierto la Biblia para leerla.

Tenemos que tener en cuenta que el poder de hacer milagros es concedido a TODA persona creyente, no solamente a los y las apóstoles. Sin embargo, las tres características tienen que estar unidas para poder determinar si una persona es en realidad “apóstol” en el sentido bíblico de la palabra. Si no es así, entonces debemos hacer lo que la misma Biblia nos enseña, “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4.11) Cuando tomo todo en consideración, la única conclusión a la que puedo llegar con respecto a esta señora es que es una falsa profetiza. Desafortunadamente, como dice la Biblia, “son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.” (Mateo 15.14)

En fin, que tanto la legisladora como la señora autoproclamada “apóstol” han sido instruidas, pero su temor a la transformación y al crecimiento como personas le han impedido educarse. Ese es el peligro de la educación: que duele, que hace que nos sintamos incómodos, que nos toca en lo más profundo y no nos deja iguales… En fin, que si queremos crecer como personas, tenemos que exponernos a los peligros de la educación. De otra manera, solo somos “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13.1) pero completamente huecos.

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El Amor de Dios es Condicional

Cuando era chiquito y participaba de las actividades de la iglesia bautista en la que crecí, aprendí un corito que dice así:

“Dios es amor,

la Biblia así lo dice.

Dios es amor,

lo vuelve y lo repite.

Dios es amor…

Buscando lo hallarás;

 en el capítulo cuatro,

versículo ocho,

primera de Juan.”

De pequeño, me gustaba tratar de cantar la canción porque siempre me trababa. ¿En qué verso es que está? ¿En qué capítulo? ¡Dios mío, pero si es que no sé diferenciar entre primera, segunda y tercera de Juan! Pasábamos mucho tiempo en la Escuela Dominical y en las Escuela Bíblica de Vacaciones aprendiendo este corito. Lo cantábamos cuando íbamos de jira y cuando hacíamos los servicios de la niñez. Lo canté en privado y en público. Lo canté y lo canté hasta que me lo creí…

Creciendo en la iglesia bautista de mi barrio, comencé a creer en un Dios que se manifestaba en amor. Tal como lo decía el corito, “Dios es amor, la Biblia así lo dice.” ¡Me creí el cuento! Llegué a pensar que las personas que me enseñaron dicho corito eran sinceras; que eran personas que de verdad creían en un amor incondicional de Dios hacia mí y hacia toda persona. Pero pronto me daría cuenta que eso no era verdad. Pronto me daría cuenta de que el amor de Dios no es incondicional; por el contrario, me di cuenta en mi adolescencia que el corito que me enseñaron era una mentira.

No digo que 1 de Juan 4.8 no diga que Dios es amor. Por el contrario. Claramente lo dice allí: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” Lo dice clarito. Así como lo canté de pequeño. Lo que no era cierto es que la iglesia que me enseñó a cantar este corito se creyera lo que cantaba.

La verdad es que no sé cuál es la posición de la iglesia bautista en la que crecí con respecto a esto. Cuando digo, “la iglesia que me enseñó a cantar este corito”, me refiero a la Iglesia Cristiana en general. Me refiero a aquella Iglesia que dice estar fundamentada en las enseñanzas de Jesús. Me refiero a aquella Iglesia que dice ser la portadora de gracia y salvación y liberación para la gente, porque es el cuerpo de Cristo. Si es bautista, o católica, o pentecostal, o presbiteriana, o carismática, o metodista, o adventista, o lo que sea, es inconsecuente. Me refiero a la iglesia que todavía hoy enseña a la niñez a cantar con alegría este corito, pero que a la hora de la verdad sus acciones distan mucho de las acciones del predicador errante que dicen seguir.

La Iglesia Cristiana me mintió. El amor de Dios que esta iglesia predica es condicional. El amor de Dios que esta iglesia predica es un amor que hiere. Bien lejos está este “amor” del que predicaba Pablo en su carta a la iglesia en Corinto, cuando escribe: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.” (1 Corintios 13.4-8) Ahora, ese “amor” que se supone era el de Cristo hacia la humanidad y que es el que se supone que la humanidad demuestre entre sí, se ha relegado “a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.” (1 Corintios 13.1b) Ya ese amor de Dios, del que tanto Juan y Pablo hablaron, solo se usa en recitales para bodas “correctas”, o sea, entre un hombre y una mujer. Así que ya ese amor no tiene sentido, ni tiene sonido.

La Iglesia me mintió. Me decía que Dios es amor pero según fui creciendo me di cuenta de que ese amor era condicional. Cuando yo abrí mis ojos al amor y encontré ese amor en otro hombre, la Iglesia me dijo que ya “el amor de Dios” no era para mí. A pesar de que me enseñaron a cantarlo; a pesar de que me enseñaron a buscarlo; a pesar de que me enseñaron a creerlo, ya ese amor no era para mí.

¡Hasta se inventaron un versículo para describir el amor condicional que Dios tiene para quienes somos como yo! “Dios ama al pecador, pero no al pecado” me comenzaron a decir. Yo buscaba y buscaba desesperado en dónde estaba este versículo tan recitado, pero nunca lo encontré. Por el contrario, después de mucho estudio y lectura de la Biblia (soy teólogo y pastor de profesión) me di cuenta que éste era un versículo inventado. ¡Otra vez me mintió la Iglesia!

Tanto me mintió la Iglesia que me dejó sin madre, sin padre y sin hermana. Cuando lo Iglesia decía que somos “la familia de Dios”, no decía que esta familia también era condicional. Nunca me dijo la Iglesia que para pertenecer a esta familia tenía que deshacerme de la persona que Dios me hizo y convertirme en un títere sin alma y sin entrañas; que me tenía que despojar de quien Dios me hizo para convertirme en una marioneta de la institución que puso condiciones al amor de Dios.

Pero he aquí la paradoja: mientras la Iglesia me siga mintiendo yo me seguiré proponiendo desmentirla. Después de haber dejado de un lado la Iglesia y sus mentiras, volví. No solo que volví, sino que me hice más creyente. Creyente de la realidad inescrutable a la que en mi fe llamamos “Dios”. ¡Me hice hasta más bautista! El amor y la pasión que sentí y que sigo sintiendo por todo lo que tiene que ver con la naturaleza de la Divinidad y con la forma en que la Divinidad se manifiesta, me llevó a estudiar teología. Además de esto, me llevó a optar por el ministerio parroquial como mi profesión. Hoy día sigo siendo una persona de fe; una fe transformada a fuerza de fuego, como dice el Apóstol en 1 de Pedro 1.2-9.

La fe que profeso hoy día es una que sigue la inocencia de la fe en el amor de Dios como lo cantaba de niño. A la misma vez, es una fe madura. Es una fe que no es ciega, sino que busca y escudriña las Escrituras porque ellas no son letra muerta e ídolo santo como el fundamentalismo que se ha apoderado de mi tradición religiosa lo quiere presentar. Por el contrario, las Escrituras que leo siguen siendo una “lámpara a mis pies y lumbrera a mi camino.” (Salmo 140.105) Las Escrituras que leo no son un ídolo ante el que me arrodillo y adora, como hacen los fundamentalistas que se han robado mi tradición religiosa. Las Escrituras que leo tienen historia y contexto. Las Escrituras que leo es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4.12) ¡Estas no son palabras muertas para regir las vidas! Contrario a lo que los fundamentalistas que se han querido robar a tradición religiosa, las palabras que encuentro en las Escrituras tienen sentido cuando las veo en su justo contexto. Y esas palabras no son el final; sino el comienzo.

De hecho, después de mucho dolor por haber perdido mi familia, fueron las palabras que aprendí en la Escuela Dominical las que vinieron a mi mente: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá.” (Salmo 27.10) Mi padre, mi madre y mi hermana me dejaron, porque su amor es condicional, como el que predica la Iglesia Cristiana a la que asisten. Pero el amor de Dios, no el que predica la Iglesia, sino el que viene de la Divinidad en todo su esplendor y en todas sus manifestaciones, me recoge, me da la bienvenida, me abraza y me renueva.

También me he acordado de otras lecturas bíblicas. Por ejemplo, la única vez en que Jesús se manifiesta en los evangelios acerca de cuál es su definición de “familia”. El evangelista Lucas (8.19-21) nos cuenta esta corta historia que, una vez más, es la única declaración que hace Jesús sobre lo que él considera “familia”: “Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Él entonces respondiendo, les dijo: ‘Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.’” ¡Una familia se hace! Una familia es aquella que hacen real a Dios en su medio. Una familia, según Jesús, es la que tú escoges.

Esa familia la he ido haciendo a través de los años y las décadas. Ya no tiene padre, madre y hermana; pero tiene una abuela que siempre me ha querido. Tiene tías que me hacen reír y que siempre me abrazan. Tiene primas que me aman y me lo repiten una y otra vez. Tiene primos que, siendo hombres jóvenes heterosexuales en un ambiente machista, se atreven a alzar la voz por los derechos de las personas gay, lesbianas, bisexuales y transexuales. Tiene amistades, de todas las edades, todos los sexos, todas las orientaciones, todas las religiones y de ninguna religión, hasta de diferentes partes del mundo, que siempre han estado allí para mí. Esa familia tiene un compañero al que amo, que me ha dado su amor, su compromiso y su fidelidad y con quien próximamente me casaré legalmente. Quizás algún día mi madre, mi padre y mi hermana decidan regresar a mi familia y dejar atrás el amor condicional de su Iglesia Cristiana para acceder al amor incondicional del Espíritu de Dios del cual nos enseña las Escrituras. Cuando eso pase, estaré aquí con el resto de mi familia para recibirles.

Por ahora, sigo denunciando la mentira de la Iglesia. Al mismo tiempo, sigo proclamando la verdad que he encontrado en las Escrituras… Esta vez, como cuando era niño, canto, canto, canto… Este es mi canto de hoy:

¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡Cuán grande es el amor de Dios!

            Tan alto que no puedo ir arriba de él…

            Tan bajo que no puedo ir debajo de él…

            Tan ancho que no puedo ir afuera de él…

            ¡Cuán grande es el amor de Dios! 

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Mi reacción a la marcha anti-familia del 18 de febrero en el Capitolio

La politiquería barata de pseudo-religios@s puertorriqueñ@s me da asco. De seguro que la Divinidad está avergonzada. ¿Hasta cuándo van a seguir buscando chivos expiatorios a quien hecharle la culpa por las barbaridades que ell@s mism@s han creado? El peor ataque a la familia puertorriqueña ha venido desde quienes se paran cada domingo en el púlpito a predicar a Dios y se van a sus casas a maltratar a sus esposas, a atacar física-, mental- y sexualmente a sus propi@s hijos, y a sembrar sizaña y odio entre sus vecin@s. Serán muchas las gentes que se dejen engañar y vayan como corderit@s al Capitolio el lunes, pero como dicen, “el hábito no hace al monje.” Siguen siendo hipócritas que dicen saber de Biblia cuando no le prestan ni atención; iletrad@s que siguen a un supuesto “dios” que no es más que la suma de todas sus vergüenzas y odios. Eso es todo lo que tengo que decir con respecto a la marcha anti-familia, anti-vida, anti-leyes y anti-ética a la que van a ir “cieg@s dirigiendo a cieg@s.”

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Derechos y Responsabilidades

         A consecuencia del movimiento autodenominado “Boicot La Comay”, se ha hablado mucho sobre derechos. Personas que apoyan al Señor Kobbo Santarrosa, creador del personaje “La Comay”, siguen diciendo que éste tiene todo el derecho de decir cualquier cosa que quiera en su programa televisivo porque existe el derecho a la libre expresión. En efecto, tanto la Constitución del Estado Libre Asociado como la Constitución de la República de los Estados Unidos de América nos ofrecen el derecho de la libre expresión. Ambas Constituciones – las cuales rigen en Puerto Rico – nos ofrecen el derecho a la libre asociación, a la libertad religiosa y a la libertad de prensa entre otros. La Constitución de los Estados Unidos también nos ofrece el derecho a portar armas, uno de los derechos que la Constitución estadounidense otorga pero que no se encuentra en la Constitución del Estado Libre Asociado. Puntualizo estos derechos porque son los que más se invocan en el discurso público, pero las “Cartas de Derechos” tanto estadounidense como puertorriqueña contienen muchos otros derechos que en ocasiones desconocemos.

            Ahora, vayamos al grano. En días recientes, luego de haber publicado una carta que envié al Sr. Jorge Ramos, presidente de WAPA Televisión, muchas personas comentaron sobre la misma en mi bitácora virtual. La mayoría de los comentarios fueron muy positivos, lo que agradezco mucho. Pero hubo varios que no fueron tan positivos. A pesar de esto, aquellos comentarios que no fueron positivos – de los pocos que he leído, porque si algo he aprendido en mis años como columnista es que nunca debemos leer los comentarios – fueron cordiales y nunca acusativos o de mal gusto. Por esto también les agradezco a mis lectores y lectoras.

            En fin, que uno de los comentarios que más ha sonado es el decir que el Sr. Santarrosa tiene el derecho de expresar su opinión. Esto es, que el Sr. Santarrosa tiene el derecho de decir lo que quiera con respecto a la muerte de José Enrique Gómez aun sin evidencia de lo que ha dicho. Después de todo, sigue el argumento, el programa televisivo del Sr. Santarrosa gira en torno a chismes y rumores. Una vez que el Sr. Santarrosa dice su ya tan conocida frase de “alegada y aparentemente” todo queda cubierto bajo el manto sagrado del derecho constitucional a la libre expresión. Quienes alegan esto se equivocan.

            Cierto es que toda persona tiene – tenemos – el derecho a la libre expresión. Pero, como indiqué antes, hay otros derechos en nuestras Constituciones que poco leemos y mucho menos conocemos. El Artículo II, sección 8 de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico lee así: “Toda persona tiene derecho a protección de ley contra ataques abusivos a su honra, a su reputación y a su vida privada o familiar.” Este derecho no me lo inventé yo; lo escribieron aquellas personas que trabajaron en nuestra Constitución y lo ratificamos el pueblo con nuestro voto y luego fue ratificado por el Congreso y el Presidente de los Estados Unidos. (Y que me disculpen si traigo a colación el hecho de que nuestras leyes y derechos están bajo el manto de las leyes y derechos estadounidenses, pero esta es la realidad política actual de la Isla, sea que la apoyemos o no).

            ¿Qué relevancia tiene esto para el caso reciente en el que el Sr. Santarrosa ha promulgado rumores y chismes sobre el Sr. Gómez aun después de su muerte? Pues que todo derecho constitucional lleva consigo una responsabilidad ciudadana. O sea, tus derechos comienzan donde terminan los míos.

            Tomemos por ejemplo el derecho a portar armas, que está expuesto en la segunda enmienda a la Constitución estadounidense: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado Libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas.” Las cortes han determinado que esta enmienda implica que toda persona tiene derecho a portar armas (independientemente de si es parte de una milicia estatal o federal, como original y claramente dice el texto. Pero esto sería tema para otro ensayo.) Este derecho a portar armas va de la mano con otro derecho que si bien no está implícito en la Constitución, sí es parte de la Declaración de Independencia: el derecho a la vida. Dice así el texto de la Declaración: “Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados…” O sea, que aunque tenemos el derecho de portar armas, no tenemos el derecho de quitarle la vida a cualquiera que se nos pare en el camino.

            Cada derecho tiene una responsabilidad atada a él. Por lo general estas responsabilidades están plasmadas en los códigos legales. Tomando como ejemplo el derecho a portar armas; tenemos derecho a portar armas, pero las podemos usar solamente bajo ciertas circunstancias ya delineadas por las leyes so pena de ser acusados o acusadas de un delito.

            Regresando al caso del supuesto derecho del Sr. Santarrosa de expresarse libremente; queda claro que este señor no ha utilizado su derecho responsablemente, no solamente en este caso sino en cada programa que ha salido al aire. Su coanimador, el Sr. Héctor Travieso, recientemente hizo exclamaciones públicas al respecto. Dice el Sr. Travieso que ellos dos tienen el derecho a expresarse, que quién no le guste es nuestro problema y que seguirán diciendo las mentiras que quieran y de quien quieran aunque no queramos oírlas porque “la verdad duele”. Hasta cierto punto, podríamos excusar al Sr. Travieso, ya que sabemos que su familia vivió bajo la dictadura de Batista y luego escapó la dictadura de Castro para establecerse en territorio estadounidense. Claro, el Sr. Travieso, en su afán de tener libertades que sus antepasados no tuvieron, confunde “libertad” con “libertinaje” e ignora el que los derechos vienen con responsabilidades.

            Cuando, en mi afán por elevar el discurso, señalé a un comentarista de mi columna anterior, que sería mejor que buscara un poco de lo que significa “el contrato social” y que tomara tiempo para leer los trabajos de filósofos sociales y políticos como John Locke, la respuesta que recibí me impresionó. Dijo otra comentarista que le falté el respeto al primero por haberle llamado “ignorante”. Leí y releí mi contestación a ver dónde le pude haber faltado el respeto a la persona que comentó cuando le invito a sostener sus comentarios con argumentos sustanciales y no encontré nada. Solo encontré que en el tiempo moderno es ahora un delito – sino jurídico aparentemente social – el invitar a otras personas a educarse en los temas que nos afectan como sociedad. Otra vez, se trajo a colación el derecho inalienable a la libre expresión, pero en ningún lado se mencionó la responsabilidad inexcusable que tenemos para ejercer dichos derechos.

            Si, el Sr. Santarrosa y el Sr. Travieso tienen derecho a la libre expresión. Es por esto que el pueblo les ha llamado, muy públicamente, a ejercer este derecho con responsabilidad. Hasta ahora, el pueblo le había dejado pasar – no sin alguna crítica – sus comentarios racistas, homofóbicos, sexistas, xenofóbicos y demás. No nos afectaba tanto porque estos comentarios por lo general iban dirigidos hacia personas públicas – políticos, artistas, escritoras, activistas, etcétera. Pero llegó el momento donde nos dimos cuenta que el Sr. Santarrosa no tiene escrúpulos y que no tiene clara la línea entre derechos y responsabilidades; fue cuando el Sr. Santarrosa comenzó ha promulgar chismes sobre un individuo privado, con una familia privada, con una vida privada. Fue en este momento cuando el pueblo nos dimos cuenta de que el Sr. Santarrosa no respeta ni ha respetado nuestra individualidad. Fue cuando el pueblo nos dimos cuenta de que el Sr. Santarrosa no tiene claro el que sus derechos vienen con responsabilidades, y que estas responsabilidades existen para protegernos a todos y todas, y que él no está por encima de las demás personas a quienes las Constituciones cobijan. Sus derechos y sus responsabilidades no son ni más ni menos que las mías.

            Como puertorriqueño, sólo espero que sigamos nuestra lucha para acabar con la ola de violencia y odio que arropa nuestra Isla. Espero que cada puertorriqueño y cada puertorriqueña podamos entender que mis derechos comienzan donde terminan los derechos de mis vecinos y vecinas. ¡Que viva la libertad responsable! ¡Que viva la vida! ¡Que viva la PAZ! 

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